Dónde está Johnny Lupano?, de Néstor Medrano Por Efraim Castillo

 

1. Introducción

Cuando Néstor Medrano me solicitó a comienzos de junio que le presentara su novela ¿Dónde está Johnny Lupano?, le respondí que con mucho gusto, requiriéndole que me enviara el manuscrito original de la obra1, porque considero que es en esa etapa del espacio literario donde la creación del autor se encuentra intacta, tal cual, sin los parches y remiendos por los que atraviesa en la edición y que, por lo regular, embute en el texto enmascaramientos y estilos ajenos a la concepción del mismo. Asimismo, le hice tal solicitud porque considero que si el crítico tiene la oportunidad de acceder al manuscrito original, puede contactar las exudaciones, los titubeos, las inspiraciones tardías, los cabeceos soñolientos y, sobre todo, puede descifrar las vicisitudes, los aturdimientos y goces que provocó al escritor el trabajo de novelar, una ocupación que en nuestro país —y en muchos otros del planeta— se realiza sin esperar emolumentos y tan sólo para provocar la evacuación de los miedos y fantasmas que apretujan el alma. La verdad y la magia que encierra el manuscrito original puede, inclusive, liberar la creación literaria de esos erratones y erratas que tanto molestaban al Pablo Neruda de Confieso que he vivido.

Esta es la portada de la novela que ya está disponible en todas las librerías importantes de la ciudad

Debo confesar, igualmente, que sospeché —por el título de la novela— y yéndome presuroso a ese tropo que lleva el nombre de sinécdoque, que el texto me podría conducir a una aventura de corte policial, argumento sumamente escaso en la producción narratológica dominicana y deduje del mismo modo, que tratándose de un joven como Néstor Medrano, envuelto diariamente en las noticias que se mueven y rotan en la redacción de un diario2, la historia de la obra podría convertirse en apasionante.

Pero me equivoqué, porque a medida que fui estudiando el texto

—que no alcanza las cincuenta mil palabras— comprendí que ¿Dónde está Johnny Lupano? se convertía, más allá de una lectura emocionante, en una narración excepcionalmente organizada dentro del canon de la novela negra, aunque abriendo las compuertas para la inserción de pistas que, alejando la ficción de lo puramente policial, se yuxtaponían entre las trampas y cercos del crimen político, porque el novelista, al situar la trama en las postrimerías de la dictadura trujillista, involucra a familiares del dictador y personeros del régimen,

así como a la embajada norteamericana, junto a personajes ficticios como la cantante Isabel Gutiérrez, alias La estrella de fuego, el mismo compositor Lupano y el detective Ontario Mejía, en la desaparición del letrista, un norteamericano aposentado en el país a través del apasionamiento que despierta en él la cantante. Y siguiendo el canon de la novela negra tamiza la investigación a través del detective Mejía, un oficial al que gradúa en la Academia de West Point y confiere a Balaguer la responsabilidad de su designación, convirtiéndolo así en la némesis del tenebroso Johnny Abbes García

2. Surgimiento de la novela negra

El papel del detective Mejía a lo largo de la novela guarda una estrecha relación con los detectives históricos de las sagas policiales negras, recordando a los famosos héroes hard boiled surgidos en los años 20’s a través del personaje Three Gun Terry Mack, creado por Carroll John Daly (John D. Carroll), en el relato Knights of the Open Palm, publicado en la revista Black Mask, en 1923, y que luego sustituyó por el implacable detective privado Race Williams, a quien hizo colgar en la puerta de su agencia un letrero que rezaba:

Hay mucha gente que tiene sus manías. La mía es empuñar una pistola cargada mientras duermo. Porque hay que recordar que si no se pica carne, no hay hamburguesas.

Sin embargo, fue Race Williams, otro personaje creado por Daly, quien perfiló definitivamente la sicología del héroe de la novela negra.

Carroll John Daly

La revista Black Mask había sido lanzada al mercado norteamericano en papel barato o pulp3, en abril del 1920, por Henry Louis Mencken y George Jean Nathan, que provenían de sectores sociales acomodados: Mencken era hijo de un industrial tabacalero de Baltimore y Nathan era graduado de la Universidad de Cornell, uno de cuyos premios lleva hoy su nombre. El establecimiento de la revista Black Mask se originó con la idea de salvar la publicación literaria Smart Set, de la que Mencken era crítico desde 1908. Así, y tras recuperar la inversión de quinientos dólares que habían efectuado en 1920, Mencken y Nathan la vendieron —luego de editar ocho números— a Eltinge Warner y Eugene Crow, por 12.500 dólares. En 1927 la dirección de Black Mask se fortaleció al asumir su dirección Joseph T. Shaw,  quien lanzó ese año el famoso editorial que definió el rumbo del relato policial negro. En uno de los párrafos de aquel editorial, Shaw escribió:

La ficción detectivesca, tal como la vemos, tan sólo ha comenzado a desarrollarse. Todos los demás campos han sido ya trabajados y sobreexplotados, pero la ficción detectivesca apenas se ha tocado aún4.

Cap Shaw había intuido que el detective privado podía desplazar, con un halo de caballero andante a la fuerza pública del orden, sumido para entonces en la más profunda corrupción.

Durante su gestión como director de Black Mask —de 1926 a 1936— la novela policial y detectivesca se elevó a un prestigioso escalón en la actividad literaria norteamericana, surgiendo escritores como Samuel Dashiell Hammett (creador del detective Sam Spade), Raymond Chandler (inventor del detective Philip Marlowe),  Ross

Macdonald (quien creó al investigador privado Lew Archer), Erle Stanley Gardner (creador del abogado-detective Perry Mason), Cornell George Hopley-Woolrich (que usaba el seudónimo de William Irish y que todos recuerdan por su famosa novela del 1940, La novia vestía de negro, que François Truffaut llevó al cine en 1968),  James M. Cain

(cuya novela de 1934, El cartero siempre llama dos veces, se convirtió en la puerta de entrada del neorrealismo cinematográfico italiano de la mano de Luchino Visconti en Ossessione, su opera prima, en 1942), Mickey Spillane (creador del detective Mike Hammer),  Chester Himes (el escritor afroamericano que creó los detectives negros Ataúd Ed Johnson y Sepulturero Jones), y  Patricia Highsmith (cuyo personaje Tom Ripley representa la antítesis del detective de la novela negra), entre otros.

Desde luego, para arribar a este prototipo de investigador, la novela policial tuvo que emerger desde un Edgard Allan Poe, que publicó en 1841 Los crímenes de la Rue Morgue (The Murders in the Rue Morgue)5, un relato que se desarrolla en París y en donde el escritor norteamericano crea el detective Chevalier Auguste Dupin6, el primer investigador privado de la literatura mundial. Dupin también aparece en los otros dos relatos que Poe organizó a través de la pesquisa policial: El misterio de Marie Rogêt, de 1842, y La carta robada, de 1844, sirviendo luego de plataforma a Arthur Conan Doyle para imaginar a Sherlock Holmes, en 1887.

 

León Félix Batista, Basilio Belliard, Néstor Medrano y Enmanuel Castillo
la noche de la puesta en circulación

3. Influencias de la novela negra

La influencia de la novela policial se internó rápidamente en Europa y América Latina, creando desde finales del Siglo XIX dos escuelas: la inglesa y la francesa, surgiendo del Reino Unido Conan Doyle, G. K. Chesterton y Agatha Christie como cabezas visibles; y de la francesa Emile Gaborieau, Maurice Leblanc, Gaston Leroux y George Simenon, y produciendo en el resto del mundo docenas de escritores dedicados al subgénero, entre los que se destacaron y destacan: los argentinos  Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Rodolfo Walsh y  Mempo Giardinelli; el suizo  Friedrich Dürrenmatt, el nicaragüense  Arquímedes González, que revivió a Sherlock Holmes en una supuesta búsqueda de Jack El Destripador en Nicaragua, en su novela La muerte de Acuario; el escocés  Philip Kerr, autor de la serie Berlin Noir; el italiano  Andrea Camilleri, creador del Inspector Montalbano, en homenaje al escritor español Manuel Vázquez Montalbán, quien había inventado al detective Pepe Carvalho; el puertorriqueño  Luis López  Nieves, quien en la novela El corazón de Voltaire combina los fundamentos de la novela negra y la histórica, a través de correos electrónicos, entre otros cientos de literatos.

Aunque muchos de los novelistas dominicanos huyen a priori de la escritura policial, en el fondo se agita siempre esa estructura porque nuestra historia —que es la historia de la vida dominicana y, por lo tanto, el anillo nutricional de todas nuestras narraciones épicas o líricas— se mueve siempre desde el lodo de una intriga, tal como ha sido la historia del país. De ahí, a que será muy difícil, pero no imposible, sacudir de nuestra narratología el espectro de Trujillo, porque ese fantasma arrojó sobre el alma nacional, no sólo treinta y un años de amarguras, sangre y frustraciones, sino una conciencia, un estilo de vida que ha continuado a través de Balaguer y los demás gobernantes, sean éstos de izquierda o derecha, y en la narratología negra se sigue un patrón conductual similar, porque es desde el poder-saber que se organiza la trama en ese subgénero, algo que Keith Hoskin, en Foucault a examen, explica al dedillo.

 

Dice Hoskin:

Para Foucault la clave del ‘poder-saber’ puede ser descubierta por cualquier comentarista-detective, tras examinar el ‘corpus delicti’ y escoger un extracto plausible para construir con él un caso.

Apuntando Hoskin que esto es lo que han hecho el inspector Plodders, el inspector Lestrade, de Conan Doyle, y, antes que él, Monsieur G., el prefecto de policía de París, de Edgard Allan Poe7.

El mismo Foucault en su ensayo Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión, enuncia que de la novela negra a Thomas De Quincey8, o del ‘Castillo de Otranto’ a Baudelaire, hay toda una reescritura estética del crimen, que es también la apropiación de la criminalidad  bajo formas admisibles (tratándose) en apariencia del descubrimiento de la belleza y de la grandeza del crimen; (y que) de hecho es la afirmación de que la grandeza también tiene derecho al crimen y que llega a ser incluso el privilegio exclusivo de lo realmente grande, afirmando que la lucha entre dos puras inteligencias —la del asesino y la del detective— constituirá la forma esencial del enfrentamient

4. ¿Dónde está Johnny Lupano?: un cajón de sastre de las tenebrosidades del trujillato.

Uno de los muchos goces que experimenté leyendo el manuscrito de ¿Dónde está Johnny Lupano?, fue cuando en las primeras páginas de la obra Medrano ofrece una de las pistas fundamentales del cajón de sastre9 en que convierte el texto. A modo de epígrafe, el novelista inserta un supuesto poema extraído de los archivos del doctor Elito Balaguer, el cual fue convertido en una bachata de amargue, interpretada por Isabel Gutiérrez, conocida como La Estrella de Fuego, musa y tormento del letrista Johnny Lupano, el norteamericano que desaparece misteriosamente y provoca una intensa labor de búsqueda por parte de la dictadura, temerosa de represalias por parte del gobierno yanqui.

Esta inserción de cabecera sirve a Medrano para introducir el papel que Balaguer desarrollará en la novela y, al mismo tiempo, tal como acontece en la narratología negra híbrida, mezclar la fábula a lo que podría ser historia, convirtiendo en señales las alusiones de los personajes históricos con los ficticios.

5. La intertextualidad como absorción y transformación continuos en ¿Dónde está Johnny Lupano?

En el Susurro del lenguaje, Roland Barthes pregunta al lector:

 

¿Nunca os ha sucedido, leyendo un libro, que se han ido parando continuamente a lo largo de la lectura, y no por desinterés, sino al contrario, a causa de una gran afluencia de ideas, de excitaciones, de asociaciones? En una palabra, ¿no les ha pasado nunca eso de leer levantando la cabeza?1

Al lector de ¿Dónde está Johnny Lupano? le podría, indiscutiblemente, suceder esto porque la magia de la narratología negra reposa, como todo texto novelado, en la intertextualidad, ese conector inconsciente del escritor que liga lo que escribe con referentes ya leídos, y que traspasa en su escritura al lector. En la épica, la acción

—por lo regular— descansa en la bravura o en la proeza legendaria, siempre relacionados con la intrepidez y valentía del héroe. La novela negra, aunque organiza el relato a través de la investigación de uno o más crímenes por parte de un individuo al que se denomina detective, se abre a variables arropadas, o por la corrupción policial, política y empresarial, o a problemáticas que tocan sentimientos como el amor, el odio, la pena y la envidia. De ahí, a que la intertextualidad en las narraciones negras, esa absorción y transformación de textos que

Mijail Mijalovich Bajtin (1895-1975) introdujo como materia de estudio en la teoría literaria, y que la búlgara Julia Kristeva reivindicó —no sólo para los espacios de la crítica literaria y la lingüística11— ocupa un obligado referente en el peritaje investigativo que se desarrolla en este subgénero y esa intertextualidad, ese constante retorno de palabras que conducen a múltiples acciones dentro de la trama, en la novela de Medrano opera como una escalera que sube y baja incesantemente para confundir, desviar, apostar y renegar de los hilos conductores escaneados desde las profundidades del alma.

Y aquí es esencial recurrir a Tzvetan Todorov, quien en Tipología de la novela policial, ofrece acertadas pistas sobre su estructura y de las cuales señalado dos:

 

1)     La construcción de la trama sobre dos muertes; y

2)   La superposición de dos series temporales: el tiempo de la investigación que comienza después del crimen y el tiempo del drama que conduce a él12.

Aunque la sustancia fundamental de la trama en el texto de Medrano no establece la pesquisa sobre dos muertes, el tiempo histórico de la obra abarca, quizás, el más sanguinario periodo del trujillismo, el cual involucró un Servicio de Inteligencia Militar (SIM) integrado por matones capitaneados por Abbes García, lo que establece una simbiosis entre el móvil de la investigación y el tiempo histórico en que transcurre, haciendo posible la introducción de personajes satélites como Petán Trujillo, quien obsesionado con la belleza y la voz de Isabel

Gutiérrez, La Estrella de Fuego, asedia a Lupano, envolviendo por carambola a Balaguer, al propio dictador y a la embajada norteamericana, en la posterior desaparición del compositor, sistematizando a través de citas epigráficas cada capítulo a manera de informaciones periodísticas y análisis de diarios, lo que conecta la novela con ciertos elementos utilizados por Roberto Bolaño en Los detectives salvajes.

6. La novela ¿Dónde está Johnny Lupano? como denuncia de otras desapariciones en un escenario que, como el dominicano, vivió y vive la substancia vital de la novela negra.

Desde las misteriosas desapariciones de Freddy Miller Otero, en mayo del 1959, la de Guido Gil, en enero del 1967, la de Henry Segarra, en julio del 1969, hasta la más reciente, la de Narciso González, en mayo del 1994, éstas han estado ligadas al ámbito de lo político y, por lo tanto, se han convertido en detonantes sociales que han cuestionado los métodos investigativos del país, siempre vulnerados por la corrupción que se mueve alrededor del poder. Medrano, así, elabora el tejido de su novela para devolver su fabulación al tiempo de la dictadura, pero recordando al lector nacional que la desaparición de personas forma parte del sombrío continuum que se ha agitado en el país a lo largo de su historia.

Por eso, en la desaparición de Johnny Lupano emergen las secreciones oscuras de una política nacional que, aunque ha tratado de cambiar mediante las victorias electorales de nuevos mandatarios, vuelve siempre al expediente del clientelismo político, un asfixiante cáncer que los contamina y empuja hacia el basurero que acoge los fraudes, los asesinatos y la malversación. Es ahí donde Medrano, con suma maestría, inserta el canon negro a la narración, explayándola hacia el discurso híbrido que toca las novelas policiales latinoamericanas. Así, en menos de cincuenta mil palabras, Néstor Medrano invita al lector a meditar sobre los motivos, ya sean políticos, amorosos, económicos o de angustia existencial, que merodean el espacio de la desaparición física como crimen, a través de un texto inyectado, sazonado y servido con la hibridez que se asienta en el autor latinoamericano, aprisionado en regímenes abiertos a las lóbregas prácticas del crimen, asentándolas en argumentos que sobrepasan las más sombrías tramas del argumento negro.

 

Lo memorable de la novela ¿Dónde está Johnny Lupano? no reside tan sólo en su tejido híbrido, sino que Medrano, desde una memoria que no vivió, pero que conoce como aquellos que han posado una somera mirada a la historia reciente dominicana, inyecta —en la vena correcta del texto— un súmmum de las maquinaciones que han propiciado, por falta de estrategias medulares, la permanencia de las estructuras carcomidas del pasado, impidiendo un proceso de vertebración social, capaz de determinar y valorar desarrollos humanos integrales. Y la excusa de Medrano, para tocar aquellas ulceras sociales, ha sido remontar la escritura hasta los finales sangrientos de la Era de Trujillo, cuya violencia llegó a niveles macabros tras albergar las siniestras migraciones de los dictadores Perón y Batista, junto a varios de sus funestos personeros. Y desde allí, desde ese cajón de sastre donde todo se puede cocer, el novelista replantea los miedos, acechanzas, intrigas, odios y pasiones que se movían —y aún se mueven— de la dictadura. Nada se le escapa a Medrano: en el texto se agitan, además de Balaguer, Trujillo, Petán y Abbes García, algunos personajes como Rubirosa y Ramfis, así como otros camuflados a través de metáforas y tropos manejados con un cuidadoso sigilo.

Pero son Isabel Gutiérrez, La estrella de Fuego, Johnny Lupano y Ontario Mejía, los sujetos-objetos que representan el eco de una sociedad en busca de su reivindicación, quienes se encargan de gritar — desde una modernidad que no llega—, la ilusión, la esperanza y erradicación de aquel periodo lóbrego de nuestra historia, convirtiendo en luz aquel señalamiento de Ortega y Gasset al referirse a El Quijote, de que la realidad es, de por sí misma, siempre antipoética, y es tomada oblicuamente como destrucción del mito13.

José Ortega y Gasset.

Sería bueno señalar a los jóvenes escritores dominicanos que no evadan el abordar temas relacionados con la dictadura de Trujillo, porque aunque muchos tramos han sido superados o desmontados,

ún quedan intactas sus estrategias demoníacas para camuflar y camuflarse, comprando y vendiendo personas y, vía las desapariciones de objetos y seres, vincular lo social al mito y viceversa. Por eso, esta novela de Néstor Medrano no sólo debe leerse como una fabulación anexada al género negro, sino como un espejo de lo que fuimos y,¡maldita sea!, continuamos siendo…

Muchas gracias.

 

Santo Domingo, julio 8, 2012.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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