LA RECONSTRUCCIÓN DE HAITÍ


Néstor Medrano

 

Durante muchas décadas Haití no se ha conocido precisamente por ese nombre que en el lenguaje de los indígenas quería significar Tierra Alta. Cuando los políticos y gobernantes de la comunidad local e internacional se referían a la vecina nación lo hacían específicamente como “el problema haitiano”. El problema haitiano porque con todas sus históricas desgracias, sus desgarrantes etapas de dictaduras y gobiernos desestabilizadores, sus crisis políticas en sentido general, su indisciplina gubernamental y sus grupos paramilitares antidemocráticos, ese país, se convirtió en un problema, del cual nadie ha querido responsabilizarse nunca. Haití fue entonces un problema, porque naciones compromisorias como Francia y Canadá, con la responsabilidad histórica de dar apoyo institucional, material y moral a esa población que, con más de la tercera parte de su terreno devastado por la deforestación y una miseria e insalubridad que rompieron todos los parámetros del mundo, nunca hicieron un esfuerzo serio por ese país y hasta el minuto anterior al devastador terremoto, no le importaba a nadie.

República Dominicana tiene ante sí una gran responsabilidad que, a pesar de la buena voluntad de sus gobernantes y de la capacidad gerencial y de maniobra que demostró tiene el presidente Leonel Fernández desde el primer momento del sismo, no puede aceptar  que esa comunidad internacional se circunscriba a atender el problema solo en esta fase, que es la de proporcionar ayuda de subsistencia inmediata, como observara el mismo presidente haitiano René Préval, al principio de la tragedia.

Se trata de una responsabilidad que debe ser integradora, firme y real durante los cinco años que, de primera vista se lleva la fase de reconstrucción. Esa responsabilidad inmediata debe ir más allá que la de servir de policía o papá armado que es la pretensión de naciones como Estados Unidos, Francia, Canadá, es decir, la intervención simple, que ya tiene su vaho histórico de ingrata recordación para las naciones que son intervenidas.

Es cierto que en este momento no podemos azuzar los banderines de las intrigas y que lo que corresponde es integrarnos al deseo de buena voluntad que suponemos tienen todas esas naciones. Es cierto que ha habido una integración inmediata de naciones como España, que han correspondido con la idea de realizar una gran cumbre, pautada para abril de este año en República Dominicana, pero, también es cierto que no nos podemos dormir en estos aprestos. República Dominicana debe actuar y siempre actuará estimulada por la buena fe y las buenas intenciones. El pueblo dominicano nunca renegaría de su naturaleza cristiana y de servicio a la humanidad ante los grandes embates de la naturaleza y los retos que amenacen la integridad de nuestro entorno.

Pero, se debe esperar que al final de este trayecto sangrante y desolador, exista un Haití reconstruido. Este, que parece un sueño en la actual circunstancia, podrá lograrse si se hace de manera conjunta, como quedó a blanco y negro en los papeles de la reunión preparatoria y como quedará establecido en la cumbre de abril próximo.

De estos esfuerzos debe interpretarse que la reconstrucción haitiana no solo debe ser física en obras de infraestructura, se deben establecer mecanismos preventivos de desastres ante eventualidades sísmicas de gran magnitud, lo que también debe implementarse en República Dominicana, como nación que comparte riesgos por sus fallas tectónicas. Esa reconstrucción no solo debe ser física sino institucional, que procure del mismo modo autoridades libres de corrupción. Creemos que la reconstrucción de Haití puede ser posible.

Pero también creemos que los esfuerzos que se estatuyan tienen que ir más allá de la reconstrucción física. Hay más de 200 mil cadáveres, y más de un millón de ciudadanos haitianos que quedaron sin techo, esto, así de simple, sin lugar a dudas provocará un gran trauma sicológico en los jóvenes que han presenciado este drama. La atención que requiere Haití debe ser integradora, de tratamientos especializados para la conducta de las víctimas que de golpe y porrazo quedan impactados por un Apocalipsis propio, definido por la naturaleza para ellos.

Este esfuerzo, debe procurar del mismo modo un fortalecimiento de la seguridad pública, pues la inseguridad se cierne sobre una delincuencia rampante que no parará mientes al hambre y la pobreza reducida a su grado máximo, para tratar de entorpecer el camino hacia el renacimiento de la esperanza.

Haití tiene que dejar de ser visto por los analistas mundiales como la Etiopía del Caribe o como un simple tema de reflexión recurrente para llenar cuartillas y echarle a República Dominicana la cubeta de mierda ante los supuestos abusos discriminatorios, violaciones  a los derechos humanos de los haitianos y otras sandeces de las que nos tienen acostumbrados grupos organizados para medrar en este sentido y más bien, plantearse el compromiso de exigir un esfuerzo serio, firme y a largo plazo, que abarque no solo el aspecto de la reconstrucción física, sino de la institucionalidad, la estabilidad que pueda sacar a esa nación de su estado de laceración histórica, para encaminarla a otra circunstancia más a tono con los nuevos tiempos.

En esta misión de reconstrucción hay que establecer parámetros y patrones de conducta que han sido modificados por el impacto  físico y emocional sufrido y si la insistencia es vista como innecesaria, creemos que es fundamental auscultar al ser humano primero antes de ponerlo sobre los rieles de una nueva vida.

A tres semanas de distancia del terremoto de 7.3 grados en la escala de Richter que arrasó con la ciudad de Puerto Príncipe, hay que hacer muchas reflexiones sobre ese país y por qué no, sobre su posición en relación a la vida, a la existencia y a la cultura.

Hay actitudes mezquinas de naciones poderosas que se han preguntado incluso, quién pagará por tal o cuál servicio. Hay actitudes de hipocresía que los analistas bien conocen en toda la circunferencia mundial y habrá quienes quieran sacar un liderazgo mediático de toda esta situación sin hacer la mínima concesión humanitaria. Es, a partir de este momento que República Dominicana y las naciones verdaderamente interesadas en que exista un planteamiento de solución definitiva al ahora real problema haitiano, deben velar por sacar del camino las pifias y alimañas rastreras que no dejarán de aparecer.

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Published by: Medrano Néstor

Periodista, consultor político y escritor, con más de 12 años cubriendo las incidencias del acontecer político, social, judicial y cultural de República Dominicana, recibió el Premio Único de Poesía de la Alianza Cultural Cibaeña, con el libro Escritos con Agua de Lluvia y la primera mención especial con los relatos del volumen Cuentos de Vapor y de Sombras en el año 2008. En el 2009 el Grupo Editorial Norma publicó su novela Héroes, Villanos y Una Aldea, que presentó en el marco de la Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2009. Ese mismo año su reportaje Niños buzos viven entre la basura y olores nauseabundos, resultó finalista en el concurso anual de periodismo de Visión Mundial y la Unicef. El Ministerio de Cultura publicó en el 2012 su novela ¿Dónde está Johnny Lupano? ¿Dónde está Johnny Lupano?, resultó finalista del certamen online de novela internacional de Yoescribo.com que patrocina la Fundación Cabana en el 2005. Es fundador de la página Hombre de Letras. Sus cuentos, poemas y ensayos han sido publicados en las revistas Vetas, Mythos y Global de la Fundación Global Democracia y Desarrollo. Tiene la columna La Cuartilla en Listín Diario. Su libro de ensayos Las Huellas Literarias de Juan Bosch fue publicado en el año 2014. Este mismo año fue antologado junto a un grupo de poetas dominicanos, en el libro Poetas de la Era III, de la Editorial Santuario, compilación de Elsa Báez.

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