Dejé de existir sin tu existencia a mi lado


Desde ahora y antes que nada quiero recordarnos como en aquellos tiempos, cuando abrazados uníamos los cuerpos y caminábamos como barriendo el asfalto y las hojas secas que descolgaba el viento con la violencia tenue de la vehemencia. Todavía tengo la chaqueta manchada de café, el café que derramaste cuando quisiste que tus labios y los míos dieran una demostración pública de que estábamos juntos sin importar el gentío del restaurante y las miradas curiosas que nos penetraban con esa envidia lasciva irrefrenable. Todavía guardo en mi cartera algo de tu mirada que era la mirada de una niña que ascendía y descendía en cascada y a quien yo, me enorgullezco de ello, mostré los caminos dulces del mal y los estrechos y nunca bien ponderados del bien.
Porque ambos éramos eso; un soplo, un pálpito, un torrente sanguíneo procedente de un sistema circulatorio unificado. Guardé en mi cartera, o en alguna parte del baúl de mis recuerdos, la expresión de tu piel cuando temblaba, en aquel temblor del cielo, que resonaba a Poesía, a poesía de la carne y del espíritu, ambos fluidos, fluyentes y constantes, que se bifurcaban y nos acercaban a un tramo del cielo y del infierno, porque eso era el amor, más allá de nosotros dos y nuestras andanzas por las calles intramuros de la ciudad colonial, cerca de la puerta de la Misericordia, donde se reúnen la nostalgia de mejores tiempos y los chicos y jóvenes con el horizonte turbio de la marihuana y los tragos de ron con Coca-Cola.

Otra cosa que recuerdo es tu sonrisa. La tengo aquí zumbándome el oído izquierdo, reías, con el rostro entre esa cabellera ondulada y amarilla y mi hombro, y decías que mis chistes eran tan malos que no te que quedaba otra alternativa que llorar para verte hacerlo por simple alegría. Entonces tuis lágrimas se derramaban de esos ojos que me desnudaban desde el fondo de mis adentros, y me debilitaban, porque me mirabas con una una mirada poco común, inmerecida para un pobre mortal sin mayores aspiraciones que vivir para saber que tu vida vale la pena porque me hace vivir la mía, sabiendo que sin la tuya, hasta la sonrisa, la madrugada y la lluvia, son cadáveres natimuertos de orfandad y de profunda tristeza.
No puedo hacer nada menos que recordarnos a ambos, cuando éramos así como queríamos ser, no como somos hoy, cruzados e interrumpidos por caminos diferentes, con hogares diferentes y amores que aunque amados en cierta medida, nunca superarán esos años que estuvimos juntos, aquellos años en los que descubrimos que moriríamos los dos y que como castigo a una separación gratuita y caprichosa nos costaría vivir, simplemente vivir, como si se tratara de respirar para no dejar de existir en el mundo, aunque ya, desde hace tiempo dejamos de existir.

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Published by: Medrano Néstor

Periodista, consultor político y escritor, con más de 12 años cubriendo las incidencias del acontecer político, social, judicial y cultural de República Dominicana, recibió el Premio Único de Poesía de la Alianza Cultural Cibaeña, con el libro Escritos con Agua de Lluvia y la primera mención especial con los relatos del volumen Cuentos de Vapor y de Sombras en el año 2008. En el 2009 el Grupo Editorial Norma publicó su novela Héroes, Villanos y Una Aldea, que presentó en el marco de la Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2009. Ese mismo año su reportaje Niños buzos viven entre la basura y olores nauseabundos, resultó finalista en el concurso anual de periodismo de Visión Mundial y la Unicef. El Ministerio de Cultura publicó en el 2012 su novela ¿Dónde está Johnny Lupano? ¿Dónde está Johnny Lupano?, resultó finalista del certamen online de novela internacional de Yoescribo.com que patrocina la Fundación Cabana en el 2005. Es fundador de la página Hombre de Letras. Sus cuentos, poemas y ensayos han sido publicados en las revistas Vetas, Mythos y Global de la Fundación Global Democracia y Desarrollo. Tiene la columna La Cuartilla en Listín Diario. Su libro de ensayos Las Huellas Literarias de Juan Bosch fue publicado en el año 2014. Este mismo año fue antologado junto a un grupo de poetas dominicanos, en el libro Poetas de la Era III, de la Editorial Santuario, compilación de Elsa Báez.

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