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NÉSTOR MEDRANO
Fernando— le dijo, como intentando graficar sin mucho esfuerzo, la idea que planteaba— vete de este país. Tu vida corre peligro. Olvida la jodienda esa. Decretaré un estado de sitio que discuto con las fuerzas de apoyo de la ONU, creo que la Minustah estará de acuerdo. Para mí, tú y los empresarios de aquí y de allá son parásitos. ¿Sabes cómo se comportan los parásitos? Se adhieren a un organismo y lo chupan, chupan hasta que lo hacen languidecer y secar. Haití está seco. En los huesos. El Presidente le reiteró:
—Tu dinero bien podría ayudarnos a resolver algunos problemitas. Pero, eres un experto. No hay aquí una sola cuenta a tu nombre. De manera que, lárgate, porque en los próximos diez minutos los grupos hostiles serían capaces de raptarte. Ha habido otro secuestro. Y otros. ¿Se vuelven populares por aquí los secuestros? La oposición debe sobrevivir. ¿La oposición? Públicamente es la responsable de todos estos males. ¿Me captas? Eres alguien por quien se pediría un gran rescate.

Me enteré tiempo después. Los nervios afectaban a mucha gente. El Presidente de Haití, al parecer, había aprendido a jugar su propio juego y quiso revertir la situación de su país. Hacerlo conllevaba un esfuerzo titánico, que no podía consolidar por sus propios medios.
Fernando Albarraza temió por su vida y salió en vuelo privado de esa nación, antes que la amenaza del gobernante haitiano se materializara. ¿Qué diablos le había sucedido? ¿Se le había subido a la cabeza el espíritu vengativo de Toussaint? Albarraza sintió un temblor frío, al escucharlo. El miedo, que es una bestia invisible y gigante, sobre todo cuando merodean los espíritus demoníacos en las calles, chasqueó sobre sus entrañas y huyó sin pérdida de tiempo. El hombre al frente del Estado no tenía la fuerza para detener la convulsión social, pero sí la decisión de no dejarse narigonear y de trazar él mismo las reglas del juego. Lo leyó minutos después en un diario, antes de abandonar el pedazo de isla.
“…El Presidente congeló todas las iniciativas empresariales de corto y mediano plazos, con el consentimiento arbitrario y sorpresivo del Parlamento. Para tal acción conformó una comisión que junto a un equipo de especialistas provistos por la ONU, revisará en detalle y señalará responsabilidades en caso de que alguna de ellas sea lesiva al interés nacional”
Albarraza sonrió. El muy hijo de puta ha decidido ponerse las botas de presidente. Hizo algunas llamadas. Sus socios de Haití, se lo pusieron más claro: “vete a la mierda,¿no sabes que apestas? Contra él corrieron los vientos adversos de las intrigas. De alguna manera aún no especificada, se percibía como si alguien en algún lugar lo vinculara a la desaparición del hijo del presidente y nadie se lo decía directamente. Hasta que recibió una llamada de Arismendy Torrealba. El socio de Miami, chupando un tabaco edulcorado como chimenea industrial, le recriminó que cómo diablos se dedicó a perseguir y torturar al hijo del gobernante de Haití, que si has perdido la malditaza cabeza hijo de tu putísima madre. Que hay que ser muy maricón, atolondrado, comemierda e idiota del coñazo para ejercer una acción de esa naturaleza. Estás metido en un maldito lío del diablazo. Yo te hacía más inteligente y has demostrado que eres un ignorante cavernario. Todo mi dinero se puede ir por el caño por tu flojera y mariconería. ¿Qué te creías? Tendrás que indemnizarme por daños y perjuicios, por abuso de confianza. ¿Mataste al maldito haitiano, sí o no? Encrucijada. Fernando Albarraza de pronto estaba en una encrucijada. Sus negocios fueron torpedeados: el Gobierno dominicano congeló todas sus cuentas, mientras se investigaban las causas de la muerte del hijo del presidente haitiano.
Anoche causó gran revuelo en República Dominicana, Haití y Estados Unidos, la noticia aún no confirmada del extraño deceso de Francoise Arcinierre, el único hijo del presidente de Haití. Los detalles sobre el caso son conocidos por un agente especial del Departamento de Investigaciones de la Policía, que hasta el momento no aparece ni en los centros espiritistas.
Todavía no había nada cierto. Los medios, con esa fuerza devastadora que pueden tener-cuando pueden- andan como cazadores voraces en busca de reacciones en República Dominicana y Haití. Los intentos son vanos. Nadie ha querido dar el frente sobre una situación a todas las luces sin precedentes en la historia de las relaciones de ambas naciones.
Fernando Albarraza se coló por un pasillo oculto, solo conocido por la gente de la intimidad del presidente de la República.
Por su cabeza revoloteaban aquellas acusaciones, el rostro de su hija empeñada en no volver a verlo nunca más y el desenfado de su socio, Arismendy Torrealba, metido en pánico al extremo de pedirle una indemnización: ese hijo de su maldita madre es un flojo, se atemoriza por nada. La explanada de entrada a la mansión, con su fuente torneada con ángeles de mármol en ronda de piedra, el agua que chapoteaba y las aves que sobrevolaban, iban y venían en cantidades importantes. Se distrajo un poco.
Por esa vía no había seguridad, ni escolta, ni vigías. Solo él y un reducido grupo de íntimos sabían dónde hallarlo en esos instantes.
“¿Recuerdas nuestras orgías y fiestas prohibidas con mujeres, monjas y sacerdotes, en este jardín? Luego los tragos. Las barbacoas y los cigarros puros hasta el amanecer bajo la luna. ¡Qué tiempos aquellos, Fernando! Lo recuerdo todo bien señor Presidente. Eras un maldito arrogante del cual todos nos enamoramos y empujamos hacia el poder. Eras una promesa política, una maldita promesa política y todos queríamos impulsarte. Eras un tipo brillante, se te veía esa ironía trepidante, esa mirada carcomida por un sentimiento bajo que no emergía, que mantenías oculto como todo político con garras para cargarse en el mundo. Ha llovido mucho después de eso. La juventud de hoy es diferente a la de antes. Ahora somos mordidos y traicionados, señor Presidente. Nos desangran desde el poder. Hay quienes se olvidan, incluso, de las gentes que les arregló la vida. Hay quienes son malagradecidos y en política, es tan normal encontrarnos con los chupa sangre, los chupa sangre que luego nos dan la patada en el culo. ¿Sangras, Fernando? Profusamente. Me destruyes. Me has destruido, Presidente. No te he destruido. ¿Puede un miserable político de pacotilla destruir a un hombre de tu poder? Eres uno de los hombres más ricos del país, has sobrevivido a crisis destructivas a través del ingenio y de la astucia: ¿cuál es tu problema? En palabrerío no hay quien te gane, excelencia. Me has jodido con el Presidente haitiano. Lo mismo con la comunidad internacional. Me achacan la muerte del hijo de ese hombre y ambos sabemos que nada tengo que ver con el asesinato. Lo odiabas, Fernando. Exacerbaste el racismo más virulento contra ese chico. Te creíste de una raza superior, no por la negritud del muchacho, sino porque era haitiano. Haitiano y amante de tu hija, olvidaba ese detallito. ¿Sabes que algunas mujeres sienten una extraña fascinación por hombres exóticos, de construcción física poderosa? Anhelan ser poseídas por esas bestias descomunales, se ilusionan con la magnitud de sus sexos. Tenías, más que nadie el motivo. Sin embargo, tienes a tu favor que nadie te acusa con cargos formales. ¿Qué te sugiero como amigo viejo? Mantén un bajo perfil. Aléjate por un tiempo. Saca pie y borra huella, man. Vete a Francia o a Alemania: respira, para eso te sirve el dinero. ¡Me crees un idiota, Presidente? Tu orgullo herido provocó la muerte de Francoise. Ah, ¿se llamaba Francoise? Era el amante de tu hija, no de la mía.
¿De qué orgullo herido hablas? El Presidente secó el sudor de su frente y entendió lo que un hombre a veces debía entender en la vida: en ciertas ocasiones hay que abandonar el barco, con todo y capitán a bordo.
Albarraza se mostró cegado por la frustración, pero su imperio económico estaba intacto. Solo su estima yacía agredida y nada peor para un hombre de negocios que la estima vulnerada. Tenía por delante el conflicto: ¿Cómo manejar el asunto en el ámbito diplomático? Si se conocía el hecho de que había muerto por motivos pasionales, que se dejara claro que no existía la más mínima relación con el gobierno. Solo si se trataba de una horrible tragedia que todos condenaban. Fernando Albarraza era el problema. ¿Cómo enfrentarlo sin provocarle un daño fundamental?
Fernando Albarraza pensó unos minutos en su hija. Supo que el Gobierno, todos ellos, necesitaban un chivo expiatorio. ¿Quién mejor que él para expiar los crímenes de otro?
Aunque el Presidente minimizara la cuestión, el muerto era el hijo del jefe de Estado haitiano y la muy hipócrita y descarada comunidad internacional enfilaría sus cañones. Los grupejos de activistas haitianos enfilarían sus cañones, la presión sería irresistible y el país no tenía más alternativa que crear un cuento convincente. El Presidente se las traía. Todo había sido su idea.
—Eres un genio, Presidente.
—¡Un genio, por qué me burlas así?
—Inventaste el juego de enamorar a mi hija para joderme a mí y fastidiar al pendejo presidente haitiano. Mataste dos palomas de una patada. Bien por ti: es tu jugada.
—¿De qué coño me hablas?
—No vale la pena discutir.
El Presidente esbozó una sonrisa, de esas sonrisas cotidianas, capaces de matar a alfilerazos, sutilmente y con anestesia, a cualquiera.
—Mataste a Francoise, Fernando. Te prometo que te protegeremos. Eres un hombre importante y no podemos abandonarte en este momento.
El Presidente lo despidió y desapareció acompañado de cinco hombres que lo escoltaron con celo.
Albarraza entendía que de algún modo los planes del gobierno habían variado. Se tenía previsto en un primer momento y se pensó, incluso, en armar una versión sobre una supuesta conspiración, en la que participaba el hijo del presidente haitiano. Esta conspiración buscaba matar al mandatario dominicano. ¿Fue engañado? ¿Lo indujeron al odio y él se volvió homicida creyendo en la posible complicidad del presidente? Para él estaba claro: el Presidente era un traidor. Un tipo sin conciencia, desalmado y mal aconsejado por las vocecitas impuras y hasta podridas de su ambición. Matar a un hombre era mucho, pero matar al hijo de un gobernante de un país con profundas diferencias históricas y culturales, con rencores no extirpados de ambas partes y enojos gravitantes, era demasiado. Le latieron las sienes con violencia y sintió un mareo que lo obligó a sentarse en uno de los bancos de mármol de aquel patio donde había sellado su desgracia.
Huir era aceptar la responsabilidad criminal de un hecho cuya comisión le atribuía a los sicarios del presidente, pero, ¿quién le creería si lo conocían como el más arrogante e insensible de los empresarios de su país? Urdir una trama como aquella fue una estrategia urdida desde el principio para quitarlo del medio a él y vengar las zoquetadas del mandatario haitiano.
—Me has destruido, Presidente.
—Eres muy dramático. ¿Tengo fuerzas yo, un político de pacotilla para destruir a un hombre de tu poder?
La ironía lo hacía desangrar. Años de ayuda desestimados: servicios traicionados. “No te he traicionado, Fernando. Sabes cómo funcionan las cosas, vete por unos meses”. Temía. ¿Temor? Un hombre como él no se le ablandaba a nadie. ¿O sí? ¿Conocía esa sensación fría, amarga y ferruginosa del temor? Cualquiera se ablanda ante el verdadero poder, Meléndez. Tú mismo andas huyendo, temes por tu vida: sacaste a tu familia del país. El temor puede ser fatal y terrible. Uno piensa en perderlo todo. Es una pesadilla que te sacudan la alfombra y caigas al vacío; te rompas la crisma. No pude hacer más que llorar de impotencia. ¿Se llora de impotencia? Claro, se llora por el dolor de no poder hacer nada. De desesperarnos ante la angustia de lo incierto. La advertencia y la amenaza.
Me hostiga la desesperanza y lo peor es su rechazo. Mi hija me ha perdido. ¿Sabes que me odia? Me odia desde que descubrió que me compuse con el gusano del presidente para enamorarla; me odia porque me reduje en cinco minutos a la condición de guiñapo y hoy me atraviesa una lanza oxidada en el corazón. ¿Qué riqueza tengo en esas condiciones? Pensé en viajar a Cuba, instalarme en uno de mis hoteles y no salir nuevamente hasta el año entrante. Pensé en llamar a Arismendy Torrealba para que me acompañara y disfrutáramos juntos del sol y de las playas, las mujeres y las noches de orgías, mujeres y licor. Pero ese hijo de puta no me quiere ver ni en pintura. Es un interesado descojonado, es un malditazo mal amigo que ha sucumbido ante los rumores que me vinculan a la muerte del haitianito. Han entretejido toda la historia: que me encargué de matarlo con mis propias manos en la construcción de una de mis torres y lo cubrí de lodo para que pasara como un obrero más, de esos sin familia, apátridas, condenados buscavidas que abundan en la ilegalidad. Que lo envenené con cianuro en un vaso de ron. Que lo maté a patadas, luego de torturarlo.
En Cuba, me han restringido algunas operaciones y dudo que los acuerdos firmados con Raúl Castro se materialicen.
Arismendy Torrealba lo llamó desde la cabina de un teléfono público. Debemos alejarnos por un tiempo, Fernando. Nuestros negocios se mantendrán intactos, pero a partir de ahora, algunos amigos me representarán, e incluso mi nombre se deshace de cualquier vínculo o sociedad contigo. En los negocios no hay lazos que valgan. Tampoco abandono el barco mientras se hunde. ¿Quién cojones te ha dicho eso? Olvida a Raúl Castro. Si jodes mucho pueden embargar tus negocios, apropiarse de ellos y declararte enemigo público. Haz lo que dice el Presidente, piérdete unos días, chico. Sal hacia el Medio Oriente, inventa una excursión. ¿También a ti te compró ese gusano? ¿De qué hablas, Fernando? La abulia, Meléndez, ¿sabes? Me siento seco, como si alguien si encargara de colocarme un tubo en el ombligo y succionara la vitalidad de mis líquidos: mis elementos constitutivos, mi sangre. Palpo pero no siento, miro pero no veo, oigo pero no escucho. Es lo que hace una conspiración, borrarnos de la vida y desarraigarnos. Creo que conspiraron contra mí y lo han logrado. A estas horas estoy en las cuatro esquinas: debo de ser la comidilla de todos.
También lo llamaron desde Haití. Viejos socios comerciales que lo introdujeron en el negocio, porque en ese país de harapientos y jodidos-comentaba siempre muerto de risa- existen todas las formas de enriquecimiento. Lo mandaron al diablo. ¡Vete al diablo! Le dijeron. Si algo bueno había en esa nación—también le dijeron una vez—es su solidaridad a la hora de sus tristezas. El fallecimiento del hijo del presidente corría como rumor. Una voz gigantesca se retorcía en callejones de Puerto Príncipe, Gonaives, Hinche, Petionville; se colaba por entre las paredes agrietadas de las casas descascaradas de los campos, aleteaba entre los palacetes y calles de ricos, se escurría en los mercados y caía con la lluvia sobre parajes y municipios. Llegaba a los barrios ocultos entre barricadas, se confundía con el espejismo del sol ensangrentado sobre las planicies áridas y los montes estériles: circulaba con la brisa caliente arrastrando el polvillo de los aullidos no oficiales. Francoise muerto y de a poco, como forjando un clamor de rebeldes, sucios y limpios, desgreñados y mustios, los hombres y las mujeres salieron a las calles; rebosaron las esquinas, destrozaron comercios, apedrearon ventanales, encendieron neumáticos, levantaban la foto gigante de Francoise y gritaban de dolor.
“Violentas manifestaciones de repudio se escenificaron ayer en varias de las ciudades más importantes de Haití, ante el rumor, aún no confirmado, de la muerte de Francoise…hijo del presidente haitiano, a quien el pueblo, ancianos y jóvenes, mujeres y niños amaban por su desprendimiento y por la identificación que hacia ellos mostró siempre”.
Lo peor es que ninguno de los dos presidentes ha confirmado o negado. Lo hicieron quizá como estrategia: ¿qué podría importarle al padre la materialización de un conflicto internacional, si su hijo estaba muerto. Lo que circuló después, Meléndez, puede engrifarte la piel. Te pondría la piel de gallina. El padre del presidente haitiano reclamó el cadáver, pese al posible estado de avanzada descomposición. Lo trasladaron en la madrugada fría—como establecen las normas no escritas de los rituales—cinco hombres encapuchados, vestidos de negro, con lienzos rojos y cruces amarillas sobre una caja de cristal transparente; con extrañas inscripciones en los laterales: montaron en un helicóptero agenciado con la Minustah, que sobrevoló sin importar la densa oscuridad, conducidos por plegarias y entonaciones sulfurantes, canciones y oraciones a seres indistintos, rectores de los caminos del bien, del mal, de los hechos neutros.
Aterrizaron en Pou au Pu, un lugar escondido, que no aparece en mapas oficiales, incrustado entre montañas rocosas y tierras áridas, donde se realizaban los cultos, las ancestrales transformaciones de animales en hombres, de bestias a protectores de fincas y de donde cabía la posibilidad mágica de traer de la muerte a cualquier difunto a destiempo.
Allí, un grupo de reverendos, oficialmente ordenados, posicionó el cadáver sobre un lecho de rosas y flores de jacintas silvestres.
El padre derramó sus últimas lágrimas, también vestido de rito: con otro joven vivo, de piel oscura, que sonreía agradecido por la escogencia para intercambiar su hálito in substa, inició la ceremonia.
El grito espantoso rebotó contra las cuatro paredes, cuando el joven fue atravesado por dos dagas de plomo y su sangre saturada— pasada por fuego y plegarias— fue derramada sobre el cuerpo inerte de Francoise. Los familiares bendijeron al presidente por permitir el honor de intercambiar la vida de su hijo menor, enfermo de cáncer, sufriente desde la infancia y aquejado desde el nacimiento. La madre, con los ojos abiertos y los brazos en alto, reía nerviosa, en trance. Danzaba frente a su hijo ensangrentado, mientras el padre elevaba su voz ronca en una elegía de vieja salvación del alma y del espíritu.
Según mis amigos, durante las horas de esa madrugada inacabable, que debió durar más de tres días, en Haití hubo una calma tan matizada, que parecía una fotografía congelante, a blanco y negro. El tiempo se detuvo y del fondo de algún lugar un llanto desconsolado se esparcía, se metía en los hogares. Una voz gigantesca se retorcía entre calles y callejones de Puerto Príncipe, Gonaives, Cap Haitien, Hinche, Malpasse, se colaba por entre las paredes de palma y cal de las casuchas de los campos, aleteaba entre los palacetes y calles de los ricos, se escurría en los mercados y caía con la lluvia sobre parajes y municipios. Hubo quienes vieron la luz, una luz transfigurada, pesada y casi invisible al mismo tiempo: un refajo luminoso que cayó como arcoiris sobre el cadáver de Francoise.
Hubo un cese de la violencia. Las pandillas y bandas de malhechores infiltradas por las fuerzas políticas cavernarias, despojos y residuos de Ton Ton Macoutes, reductos de políticos que habían gobernado y se marcharon y que sin saber cómo, aplazaron todas sus actividades y la prensa no supo definir lo que sucedía. El fenómeno inexplicable solo podía expresarse como la foto a blanco y negro de un país que quedó frisado. Como una pantalla de televisión con una imagen de película congelada. Ni brisa, ni lluvia, ni sol. Inexplicable, Meléndez. Pero, para pensar un poquito en la magnitud de lo que digo, hay que creer en estas cosas, o por lo menos mantener una mente abierta. Haití es un pedazo de isla con muchas vibras, mucha energía, mucha espiritualidad de las dos: vulgar y divina. La gente tiene una fe ciega en sus loas, cree en sus misterios, ese sentimiento está sembrado de mayor a menor; en todas las capas. ¿Entiendes algo de lo que digo? Revivir a Francoise, era, para ellos una opción. Claro que muchos creían que el joven que despertaría ya no sería el mismo hijo del presidente, sino una aberración demoníaca. ¿Cómo convencieron al padre? Cuando hay dolor no hay juicio. ¿Comprendes? Uno busca la última alternativa, la salida impensada, arrojada y si lo que se propone está más allá del alcance de nuestras posibilidades, más creíble y firme se torna nuestra esperanza.
El Presidente dejó de ser el Presidente inmediatamente presintió la muerte de su hijo: buscó en el fondo de sus orígenes una razón válida para explorar lo inexplotable. No comunicó nada al primer ministro, no comunicó nada al parlamento: no es un asunto público ni del Estado, aunque el común, la prensa y los medios lo crean así. Es algo personal sin las ataduras del oficialismo. Ahí surgió el hombre que recibe por cualquier vía, la mala noticia. A nadie se había informado de manera categórica sobre el hecho. Las situaciones de ese tipo deben envolverse bien por sus implicaciones diplomáticas, por lo que puede arrastrarse de un incidente poco meditado. ¿Me entiendes? ¿Y de su amigo? ¿Quién mató a Baptiste? Baptiste cayó en una cafetería, también pude recabar la información. Es un simple desenlace, consecuencia de la muerte de Francoise. Conocía todo acerca de su amigo. Ambos eran íntimos amigos, compartían cosas que nadie conoce. Sabían cosas que nadie más sabía. Los testigos en estos casos son un dolor de testículo. Vivían fuera de su país, en uno de hostilidades no formales hacia ellos, pero sí, al menos de tolerancia, con lo que esto supone en un medio.