LA RECONSTRUCCIÓN DE HAITÍ
Durante muchas décadas Haití no se ha conocido precisamente por ese nombre que en el lenguaje de los indígenas quería significar Tierra Alta. Cuando los políticos y gobernantes de la comunidad local e internacional se referían a la vecina nación lo hacían específicamente como “el problema haitiano”. El problema haitiano porque con todas sus históricas desgracias, sus desgarrantes etapas de dictaduras y gobiernos desestabilizadores, sus crisis políticas en sentido general, su indisciplina gubernamental y sus grupos paramilitares antidemocráticos, ese país, se convirtió en un problema, del cual nadie ha querido responsabilizarse nunca. Haití fue entonces un problema, porque naciones compromisorias como Francia y Canadá, con la responsabilidad histórica de dar apoyo institucional, material y moral a esa población que, con más de la tercera parte de su terreno devastado por la deforestación y una miseria e insalubridad que rompieron todos los parámetros del mundo, nunca hicieron un esfuerzo serio por ese país y hasta el minuto anterior al devastador terremoto, no le importaba a nadie.
República Dominicana tiene ante sí una gran responsabilidad que, a pesar de la buena voluntad de sus gobernantes y de la capacidad gerencial y de maniobra que demostró tiene el presidente Leonel Fernández desde el primer momento del sismo, no puede aceptar que esa comunidad internacional se circunscriba a atender el problema solo en esta fase, que es la de proporcionar ayuda de subsistencia inmediata, como observara el mismo presidente haitiano René Préval, al principio de la tragedia.
Se trata de una responsabilidad que debe ser integradora, firme y real durante los cinco años que, de primera vista se lleva la fase de reconstrucción. Esa responsabilidad inmediata debe ir más allá que la de servir de policía o papá armado que es la pretensión de naciones como Estados Unidos, Francia, Canadá, es decir, la intervención simple, que ya tiene su vaho histórico de ingrata recordación para las naciones que son intervenidas.
Es cierto que en este momento no podemos azuzar los banderines de las intrigas y que lo que corresponde es integrarnos al deseo de buena voluntad que suponemos tienen todas esas naciones. Es cierto que ha habido una integración inmediata de naciones como España, que han correspondido con la idea de realizar una gran cumbre, pautada para abril de este año en República Dominicana, pero, también es cierto que no nos podemos dormir en estos aprestos. República Dominicana debe actuar y siempre actuará estimulada por la buena fe y las buenas intenciones. El pueblo dominicano nunca renegaría de su naturaleza cristiana y de servicio a la humanidad ante los grandes embates de la naturaleza y los retos que amenacen la integridad de nuestro entorno.
Pero, se debe esperar que al final de este trayecto sangrante y desolador, exista un Haití reconstruido. Este, que parece un sueño en la actual circunstancia, podrá lograrse si se hace de manera conjunta, como quedó a blanco y negro en los papeles de la reunión preparatoria y como quedará establecido en la cumbre de abril próximo.
De estos esfuerzos debe interpretarse que la reconstrucción haitiana no solo debe ser física en obras de infraestructura, se deben establecer mecanismos preventivos de desastres ante eventualidades sísmicas de gran magnitud, lo que también debe implementarse en República Dominicana, como nación que comparte riesgos por sus fallas tectónicas. Esa reconstrucción no solo debe ser física sino institucional, que procure del mismo modo autoridades libres de corrupción. Creemos que la reconstrucción de Haití puede ser posible.
Pero también creemos que los esfuerzos que se estatuyan tienen que ir más allá de la reconstrucción física. Hay más de 200 mil cadáveres, y más de un millón de ciudadanos haitianos que quedaron sin techo, esto, así de simple, sin lugar a dudas provocará un gran trauma sicológico en los jóvenes que han presenciado este drama. La atención que requiere Haití debe ser integradora, de tratamientos especializados para la conducta de las víctimas que de golpe y porrazo quedan impactados por un Apocalipsis propio, definido por la naturaleza para ellos.
Este esfuerzo, debe procurar del mismo modo un fortalecimiento de la seguridad pública, pues la inseguridad se cierne sobre una delincuencia rampante que no parará mientes al hambre y la pobreza reducida a su grado máximo, para tratar de entorpecer el camino hacia el renacimiento de la esperanza.
Haití tiene que dejar de ser visto por los analistas mundiales como la Etiopía del Caribe o como un simple tema de reflexión recurrente para llenar cuartillas y echarle a República Dominicana la cubeta de mierda ante los supuestos abusos discriminatorios, violaciones a los derechos humanos de los haitianos y otras sandeces de las que nos tienen acostumbrados grupos organizados para medrar en este sentido y más bien, plantearse el compromiso de exigir un esfuerzo serio, firme y a largo plazo, que abarque no solo el aspecto de la reconstrucción física, sino de la institucionalidad, la estabilidad que pueda sacar a esa nación de su estado de laceración histórica, para encaminarla a otra circunstancia más a tono con los nuevos tiempos.
En esta misión de reconstrucción hay que establecer parámetros y patrones de conducta que han sido modificados por el impacto físico y emocional sufrido y si la insistencia es vista como innecesaria, creemos que es fundamental auscultar al ser humano primero antes de ponerlo sobre los rieles de una nueva vida.
A tres semanas de distancia del terremoto de 7.3 grados en la escala de Richter que arrasó con la ciudad de Puerto Príncipe, hay que hacer muchas reflexiones sobre ese país y por qué no, sobre su posición en relación a la vida, a la existencia y a la cultura.
Hay actitudes mezquinas de naciones poderosas que se han preguntado incluso, quién pagará por tal o cuál servicio. Hay actitudes de hipocresía que los analistas bien conocen en toda la circunferencia mundial y habrá quienes quieran sacar un liderazgo mediático de toda esta situación sin hacer la mínima concesión humanitaria. Es, a partir de este momento que República Dominicana y las naciones verdaderamente interesadas en que exista un planteamiento de solución definitiva al ahora real problema haitiano, deben velar por sacar del camino las pifias y alimañas rastreras que no dejarán de aparecer.
Huracán, continúa capítulo 2 Primeros Azotes del Viento (LA NOVELA)
Néstor Medrano
El Presidente no creía en quimeras. Sabía que su país, su pedazo de tierra en una isla compartida, no le importaba a nadie. Primero, allí lo único que se produce es pobreza, del vientre infértil de su tierra no brotan más que cactus y matas resecas por la sequía inclemente de su suelo volcánico. Lo había escuchado de otros gobernantes que hablaban por la espalda: los integran a miles de organismos sin capacidad deliberativa, más por lástima que por buena voluntad. ¿Qué maldición habrá caído en esas tierras secas, hambreadas y sin vida? ¿Para qué ser presidente de Haití? Le recriminaba la mujer. Ella quería vivir con él en Miami o en Canadá. Podían hacerlo. A él con su cultura, su perfecto dominio del francés y su carrera de Derecho, le sonreiría la fortuna. Nadie nos quiere, viejo: le decía para arderlo y llenarlo de impotencia, ni los dominicanos nos admiten. Les hedemos. Somos negros, nos maltratan, como los maltratan y los negrean a ellos en Puerto Rico, a los mejicanos en Estados Unidos; estamos jodidos en este maldito pedazo de tierra que ni siquiera es un país.
Su hijo se escandalizaba con los criterios externados por su madre:
-Habla como papagayo, papá- decía-, ¿dónde es que se apaga la madame?
-No seas impertinente, todavía puedo calentarte el culo negro que tienes a nalgadas.
Hijo único, el chico crecía creyéndose el ombligo del mundo. Hacía y deshacía en la escuela, transgredía las reglas y desde muy temprano se distinguió como líder de pandillas estudiantiles, alborotadoras del orden de los colegios, amenazantes se imponían a los profesores y de cuando en cuando les propinaban sus palizas para fijar en ellos el sentido de la autoridad. Al principio de nada le valía al padre la casi diaria azotaína a correazos ni los castigos de arrodillarlo sobre arena durante horas para someterlo a la disciplina. De algo valieron después esos métodos bárbaros de sometimiento, porque el chico se transformó en un estudiante con buenas calificaciones, que por módica cantidad de dinero ofreció a los maestros protección de los ataques de su propia banda.
“Eres un maldito mafioso”, lo acusó el padre el descubrirlo todo por bocas de anónimos. “De algo se debe vivir, viejo”. El padre, indignado, no se refirió más al asunto. Pensó, además, y tuvo razón, que aquellas andanzas gangsteriles quedarían en el colegio. No hubo complicaciones futuras. Salvo una, cuando ya era presidente. El hijo mató a una mujer en una situación confusa, que, por supuesto, se manejó en absoluta discreción. La versión dada fue que luego de hacer el amor, la mujer esperó que se durmiera, llamó por teléfono a dos sujetos que intentarían secuestrarlo, él se enteró a tiempo y huyó del hotel. Esperó una semana, buscó a hombres de las sombras, una pandilla formada por sobrevivientes, hijos y nietos de los Ton Ton Macoutes, que portando largos y filosos machetes ejercían de sicarios, y les ordenó cazar a la mujer. Resultó que los hombres que iban a secuestrarlo pertenecían a esa pandilla, por lo que su nombre circuló en los medios de prensa internacionales, vinculado a la mujer. Posteriormente los organismos investigativos descubrieron que la mujer era una agente de la CIA, con una misión, jamás revelada. El Presidente se tragó su impotencia y contrató, en el exterior, a hombres diestros para incrementar su seguridad personal. No sabía las razones, pero algo se había batido contra él. La situación en la que se vio envuelto el hijo así lo confirmaba.
-Exijo una explicación-dijo al presidente de Estados Unidos, que se mostró sorprendido por la situación.
-Investigaré y te informaré.
-¡Clic!
Después de hablar por teléfono con el presidente de los Estados Unidos, rió. ¿Se reía de sí mismo, o del comentario de la esposa cuando supo con quien hablaba? ¿Era capaz de importunar al hombre más poderoso del mundo para exigirle una investigación?
Lo era. Su esposa se acercaba a él en esas ocasiones para festejarlo con un trago de whisky a las rocas, como le gustaba. Para decirle: “recuerda quién es cada quien en este jueguito, amor”. Pensó en la fiesta de hace unos meses. Para relajarse. Sus relaciones con los dominicanos cada vez más armoniosas se hacían notorias. Permitía que los empresarios de ambos países desarrollaran sus actividades y les facilitaba la vida. La fiesta fue en Palacio. Una recepción para celebrar un contrato entre constructores, que aseguraba ventajas millonarias para una y otra parte.
“Déjalos que te ayuden. Mantente frío con los empresarios y harás lo más parecido a un gobierno”, le había aconsejado su antecesor, un ex sacerdote que muy a la larga odiaba a los vecinos del otro país. El salón Embassaur fue adornado para la ocasión, con cortinas rojas, encajadas en cada espacio y un mural fastuoso con los emblemas de las dos banderas nacionales, cruzadas por un lienzo que rezaba “Dios, Patria, Libertad”. Los empresarios asistieron con algunos de sus familiares, unos llevaron a sus esposas, otros a sus hijos y uno de ellos, el más poderoso, a su única hija. Para Fernando Albarraza, el principal constructor de República Dominicana y su hija Abelizath, fueron dispuestos los mejores y más ceremoniosos servicios. El Presidente los atendía de manera particular, no solo por el poder que encarnaba el hombre por sí mismo sino por su reconocida relación de familiaridad con el jefe de Estado y sus enraizados vínculos con el poder de Estados Unidos. Juntos bebieron hasta altas horas de la madrugada, se explayaron hablando sobre la historia de ambos países, los conflictos históricos, el infeliz capítulo de la invasión que llevaron a cabo en 1821, los más de veinte años de sojuzgamiento y el odio visceral que se había sembrado a lo largo del tiempo en ambas naciones.
-Eso debió quedar atrás hace mucho tiempo- decía el Presidente-, no hay motivos para que algunos quieran seguir incentivando el odio entre haitianos y dominicanos. Somos las alas de un mismo pájaro.
Fernando Albarraza, formado en la Universidad de Harvard y miembro distinguido de los consejos regentes de varias universidades, fumaba un largo y grueso tabaco y escuchaba con cautela al presidente.
-El problema no ha sido borrado del todo-dijo después de todo-, porque hay grupos que viven de denunciar al país como explotador y violador de los derechos humanos. Viven allá, en buenos residenciales reciben portentosos cheques para sustentar sus ideas, se desplazan en vehículos de lujo y nos mantienen en ascuas, señor Presidente.
El Presidente reía. Miraba con el rabillo del ojo derecho la larga conversación de su hijo, con la hija del empresario. Los seguía nervioso, conocedor de los ímpetus de su vástago, beligerante y rebelde hasta el absurdo. También fumó, los demás empresarios habían partido. A Albarraza, sin embargo, le gustaba el trago. Hablaba por los codos al beber. El Presidente no se cansaba de admirar sus rasgos: blanco, un hombre rojizo, de pelo arrebatado y cuerpo acostumbrado a las prácticas gimnásticas.
Vestía traje claro, de corte moderno y juvenil, difería de sus empresarios locales en que se reservaba menos las cosas. Hablaba abiertamente y se definía como amigo de los haitianos.
-Hasta su grajo ya es tolerable-, dijo riendo.
El Presidente, a quien no agradó el último comentario, rió:
-Sé que hay un problema-, repuso- pero no es un problema severo.
-Creo que sí.-Lo contravino el empresario- ¿Sabe en qué consiste la severidad?
El Presidente se acomodó mejor en la butaca que ocupaba. Habían llevado una mesa con comestibles, picaderas y bebidas, de la cual se servían esporádicamente.
-No.
-En la actitud de los gobernantes haitianos y sus grupos poderosos.
-¿Cuál actitud?
-Sonríen y festejan junto a nosotros de frente, de espalda azuzan a esos grupos de sociedades que denuncian maltratos y abusos desde sus cómodos apartamentos. Deberían luchar desde Haití por sus derechos. Que vengan a Haití a pelear por los haitianos. No, es muy bueno hacerlo desde el confort de sus apartamentos en mi país.
Al presidente le latían las sienes. Quería decirle al hombre que bebía su whisky y comía sus exquisiteces la verdad del sistema: la corrupción fronteriza de uno y otro lado, la complicidad de los empresarios que pagaban por mano de obra más barata a los humildes, la explotación de seres humanos en los bateyes de grupos privados, que vivían como animales-aunque algunos animales vivían como príncipes. Pero era el Presidente y un presidente jamás dice todo lo que quiere decir. Si es sincero puede dedicarse a la predicación cristiana, a la labor de activista social, pero jamás al histriónico arte de la política.
-¿Cómo van sus negocios?- desvió el tema. Fernando Albarraza, que no tenía ni una onza de idiota se dio cuenta del giro del gobernante.
-Esperamos que mejoren-dijo-, pero necesitamos más apoyo de su país para desarrollar nuestros negocios. Algunas cosas pueden resolverse de manera administrativa y usted tiene el timón de la nave.
-¿Qué necesitan?
-Más gente.
-¿Más gente? ¿Cree que soy Dios?
-Vamos, Presidente. Necesitamos buscar la forma de permitir el ingreso a mi país de sus adolescentes y jóvenes, podrán estudiar y hacerse de carreras y en el futuro ser útiles a su propio país.
El Presidente sonrió. (Quiere esclavos este maldito. Es fácil para ellos abusar de los muchachos, doblegarlos a fuerza de trabajo forzado).
-Debería presentarme un proyecto formal, por escrito.
El empresario sudó de repente.
-Esto puede hacerse sin compromisos escritos, señor Presidente.
En su forma de ver las cosas, los empresarios haitianos le lanzaron al constructor dominicano para efectuar en ese instante la propuesta. Ellos no se atrevían. Manipulaban al jefe de Estado en muchas formas, incluso, influían sobre el primer ministro para llegar hasta él y hacerlo rendir. Pero su orgullo, lucía inalterable. Además, no se veía bien, eran tiburones dentellados pero guardaban las formas, además, ¿cuál era el beneficio de la contraparte haitiana o de la nación?
-Lo que proponemos es un centro de acopio de recursos humanos. Sus chicos podrán trabajar, ganar un sustento, en suma, ganarse la vida. Nosotros nos encargaríamos de los trámites y de la burocracia migratoria.
El Presidente, incómodo, utilizó todas las artes de la educación para no mostrar su irritación. Había crecido viendo a sus compatriotas conducidos como bestias, en grupos que montaban en camiones, vigilados por miembros del ejército del país vecino, con el consentimiento de las autoridades haitianas, contratados para trabajar en los centrales azucareros de entonces.
Los haitianos pobres lo hacían con agrado, porque la industria de la caña les permitía un sustento pírrico pero efectivo durante los meses de la zafra. Sus propios padres también lo hacían. Los apilaban en las partes traseras de las patanas, y allí sudaban, en un viaje accidentado y difícil por carretera, y luego los lanzaban en los bateyes estatales, donde se dedicaban al corte de la caña y confundían el calor con la sangre del hambre. Era una historia vieja, que ahora, frente al empresario acaudalado que le hacía una propuesta incomprensible, pasaba frente a sus ojos con vívidas imágenes de penurias.
-¿Un centro de acopio?-, reaccionó. El humo del cigarro inmenso, temblaba como una cortina. Sobresalían los ojos brotados del rico hombre de negocios.- Son términos un poco engañosos. ¿Acopio de jóvenes y adolescentes? Recursos humanos frescos disponibles, ¿cierto?
-Exactamente, excelencia.
El Presidente sabía: aquello implicaba ilegalidad al granel. Pensó: ¿cuáles objetivos reales tenía aquella propuesta?
-Ese centro de acopio beneficiará a los chicos. Según usted, ¿es tan grande la industria de la construcción en estos momentos?
-Es muy pujante. Sobre todo en el turismo. Lo cierto es, excelencia, que el turismo crece con una celeridad espantosa y carecemos de mano de obra.
-¿Mano de obra barata?
-Bueno, recuerde, este es un negocio y en los negocios el factor lucrativo es excluyente…
El hombre hablaba con esa convicción propia de quienes desean alcanzar un objetivo. El Presidente se ofuscó al mirar hacia el otro extremo del salón. Su hijo y la hija del empresario, no estaban. El padre de la mujer aún no se enteraba, metido como estaba en sus arduas exposiciones. Aunque quería terminar con aquella visita, en ese instante y con el temor de una locura más de su hijo, existía la posibilidad de prolongar el encuentro. ¿Qué hacer? La presión en su país se hacía incontenible. Los pobres, la inmensa mayoría, buscaban la forma de escapar de la atmósfera asfixiante; del clima de inseguridad política, de la falta de oportunidades. ¿Se trata de una oportunidad o de uno de esos ganchos que luego la Historia nos cobra caros? Al jefe de Estado los organismos internacionales también lo asfixiaban. Le preocupó la ausencia de su hijo. Lo conocía. Un tipo peligroso. Con la hija del constructor tenía el chance de hacer algún desarreglo. Por eso sudaba. El constructor, al parecer había terminado; miraba su reloj Cartier y fumaba desesperado.
-Bueno- dijo el Presidente-, me parece un proyecto interesante.
El empresario giró la mirada en la habitación. Fue notable su cambio de expresión, sobre todo al arrugar la frente.
-¿Dónde está Abelizath?, preguntó mal disimulando un escozor que le ascendía desde el estómago hasta el rostro rojizo.
El Presidente sonrió. Brindó otra copa al visitante y lo entretuvo.
-¿Cree que le pasará algo aquí? ¿Cree que nuestros caníbales se deleitarán cenando con ella?
A Fernando Albarraza no le quedó otra salida que reír ante el comentario del anfitrión, rió de buena gana: repitió.
-¿Cree que nuestros caníbales se deleitarán con ella? Es usted un gran humorista, excelencia. A propósito, ¿no estaba su hijo con ella?
El Presidente hizo un ademán y uno de los hombres de su seguridad se acercó: frente al visitante lució algo teatral en la expresión apretada de sus labios carnosos y al paso de grandes trancos, como quien necesitaba exhibir las galas de su formación militar. Bajó la cabeza y el jefe de Estado le susurró algo en su oído derecho. El hombre asintió y se retiró del mismo modo que llegó.
-Están viendo la colección de cuadros del salón Blanche. ¿A su hija le interesa la cultura?
Albarraza se extrañó. Su hija no quería saber nada de arte. Es más, nunca se mostró interesada en nada más que en sus vanidades. Compraba boletas para conciertos, se actualizaba en los itinerarios de los grupos de rock y derrochaba fortunas en viajes al exterior. Sus estadías en Miami y en la costa Este de República Dominicana, le tostaban la piel de manera consuetudinaria. Vistas las cosas de esa manera el padre se preguntaba, ¿arte su hija? No, gracias. Por supuesto, no revelaría ese detallito al presidente. Se había referido al salón Blanche para salir del paso, pero estaba seguro: en ese momento su hijo marcaría su huella.
Abelizath, una mujer marcada por el veraneo de las rutas playeras, ocultaba su verdadera belleza debajo de aquel vestido de seda recubierto por una chaqueta de corte vanguardista. Pero su rostro, triangulado por una barbilla sobre la cual sobresalía una boca de labios acentuados, rojos, delineados y sensuales, emitía una señal de ven, cómeme, que soy toda tuya. En sus ojos marrones subyacía la misma mirada del padre. Ella abrazó lo abrazó con una zalamería excesiva, de quien, sospechaba el Presidente, debía enterrar algunas de sus culpas. Llevaba el pelo suelto, Hacía un rato su cabeza exhibía un peinado conservador, propio de una ocasión especial:
-¿Veías cuadros y pinturas con el hijo del presidente?-preguntó risueño Fernando Albarraza. Era, más que una pregunta, un reclamo disfrazado.
Ella se supo manejar.
-Sí- respondió sin levantar la voz-, además recorrí otras áreas del palacio.
El Presidente se hizo el desentendido. La garra de su hijo estaba marcada. Un aliento ínfimo de orgullo se colaba en su pecho… ese maldito siempre atina el tiro. Se ve que supo aprovechar su condición de hijo heredero de una verborrea fluida y encantadora.
El empresario intentaba sonrisas protocolares. Se despidió del jefe de Estado con la promesa de enviarle lo antes posible y por escrito, su propuesta de negocios.
Ya instalados en su avión privado, Albarraza no le dirigió a la hija una sola palabra. Ella, con esa vanidad propia de las hijas consentidas, colocó dos audífonos sobre sus oídos y se deleitó escuchando las canciones de sus grupos predilectos. La veía en silencio. Revisaba algunos documentos; marcó varios dígitos de un teléfono y se comunicó con varios de sus amigos para decirles que había adelantado el viaje y que la propuesta estaba en progreso.
Tocaba ahora llamar a su amigo el Presidente dominicano. De ningún modo asumiría el proyecto sin limar ciertas asperezas que no dudaba se presentarían en el camino. Sus negocios galopaban a toda marcha. Poseía una red de empresas hoteleras y una de las mayores constructoras del área del Caribe. Sus contactos ya no se limitaban al negocio local, había socios y allegados con poderosas corporaciones en Estados Unidos, con la vista puesta en Cuba. Con la dimisión de Fidel Castro, que avasallado por una agresiva enfermedad se vio compelido a dejar el poder en esa isla, sus socios del exilio cubano en Miami ya fraguaban el modo de introducir sus operaciones en Cuba, como alternativa turística que, de la mano con República Dominicana, ofrecía mil posibilidades para la expansión. Albarraza, reconocido como un tipo visionario, invertía gran parte de su tiempo en la exploración de una nueva posibilidad.
La nueva posibilidad se repartía en tres escenarios: Haití, República Dominicana y Cuba. Para la materialización del ambicioso proyecto se requería el flujo constante de mano de obra, que seguía siendo más barata que la alta tecnología, y ¿qué mejor lugar para obtener esa mano de obra que Haití? Esa nación, calculaban los empresarios, se desangraba en una pobreza corrosiva y República Dominicana siempre había sido un terreno fácil de vadear con los contactos y las influencias políticas adecuadas. Su padre delegó en él todos sus negocios antes de pasar a mejor vida. Se cuidó de hacer los arreglos de lugar hasta el más mínimo detalle, para ponerlo todo a su nombre, fluidificar sus relaciones con los socios locales y traspasarle el conocimiento de los pros y los contra. Luego, el padre de Fernando Albarraza se quitó la vida, lanzándose de la azotea del edificio donde tenía un penthouse.
A pesar de todo, se propuso engrosar su riqueza, y para hacerlo, había que ensuciarse las manos en algunos cenagales. Pensaba en ello al terminar un trago de whisky. La madrugada se destapa con un cielo poblado de estrellas. Su hija se durmió. Era su máximo proyecto. La adoraba. Le había dado todo en la vida. Viudo desde los cincuenta y seis años, terminó de formarla y de brindarle una esmerada educación en universidades del exterior. Tenía el temple: esa cualidad para enfrentar conflictos sin alarmarse y una tendencia cada vez más notoria de independencia. Los jóvenes de su círculo temían acercarse mucho. El señor Albarraza no comulgaba con aspirantes a novios o maridos. Para su hija nadie era adecuado. A pesar de ello, o por ello, ella mantenía sus secretos. Disponía de sus amantes esporádicos y se cuidaba de no salir embarazada.
Para él, el mundo de los negocios no dejaba espacio para otras cosas. Se instalaba en su oficina sobre diez pisos, totalmente ventilada y con cristales blindados que le permitían una visual enorme de la ciudad. Fue uno de los artífices de ese crecimiento vertical que poco a poco se asemejaba a las grandes metrópolis del mundo. Sin embargo, una puntillita de rencor se clavaba en sus entrañas. Su hija había desaparecido por más de una hora del salón donde hablaba con el presidente de Haití. ¿Se descuidó?, él, que se consideraba un tipo de este tiempo, nunca tuvo estómago para ciertas cosas, por ejemplo, para que alguien sin su consentimiento, lo despojase de lo suyo. En su mundo de poder no cabían las concesiones, ni mucho menos las debilidades. Su hija era una debilidad, tolerable, porque fue el fruto de una mujer que amó, hasta que el cáncer, con sus garras mortíferas, le cegó la vida.
-¿Qué hacías tanto tiempo con ese canalla del hijo del presidente?- Su pregunta era esperada. La hija lo conocía al dedillo. Sobrevolaban por el espacio aéreo dominicano, cuando él se sentó a su lado, recogiendo las mangas de su camisa Oscar de la Renta y desanudando su corbata Fierro.
-¿Por qué es un canalla, papá?- respondió ella-, ¿no será que eres un racista?
-Mira hija: hay cosas que desconoces. Ese chico ha metido en mil líos a su padre.
Hizo un ademán y uno de los hombres de su seguridad le acercó un periódico. Una gran fotografía del hijo del presidente haitiano, pegado de una botella de ron, en medio de hombres y mujeres, como él, renegridos y sonrientes, el título a grandes letras: ¿Toque de queda? Y un gran pie de foto dando detalles.
-¿Por qué me muestras eso? A mí no me interesa la vida de ese chico, como le llamas. En última instancia, él, lo único que hace es compartir con su gente.
El padre concluyó su perorata. No era necesario continuar perdiendo el tiempo en esas minucias. Su hija no le llevaría la contraria. Abelizath, sin embargo, enrojeció de ira. Aparentemente estaba atraída hacia el hijo del presidente. El padre lo sabía, ¿cómo no saberlo? La conocía como se conocía él mismo. Porque lo conocía debía hacer lo que estuviera en sus manos para disuadirlo de lo contrario. Desde la muerte de su madre el orden de su vida se trastornó, cambió de sentido. Eran amigas. Ella le confesaba todas sus cosas de niña y adolescente, compartían el gusto por chismear, por hacer críticas a las mujeres de sociedad y cuestionar la falta de gusto de la mayoría de ellas en asuntos de moda. Su mayor apoyo en los años del exterior, cuando en el cuarto de la universidad una lluvia de nostalgias bañaba sus mejillas y ella, abrumada por la soledad salía a caminar, compraba cosas para entretenerse y se retiraba a fumar marihuana con alguna de las compañeras del cuarto y de la facultad. Un cigarrillito de marihuana no hacía daño, se decía, intentando convencerse en esos momentos de que no actuaba en forma inmadura y se alejaba de las instalaciones con las chicas del curso ensoberbecidas entre veces por el poder de la cerveza y los tragos de whisky. En esas noches de fiestas alocadas, exhibía las carnes de su piel bronceada, con atuendos transparentes, blusas aguerridas que dibujaban sus senos y sus pezones y jeans enfundados que la elevaban en el ánimo de los hombres, conducidos despacio y por efecto de aquellos labios intimidantes, al monte del deseo.
Bebía, fumaba. A veces en la madrugada, luego de revolcarse con algún hombre de paso y vivir el aprendizaje de una vida académica y de leves depresiones, llamaba a su madre, le gritaba que la amaba, que estaba loca por regresar a la casa y hastiada de vivir lejos de los suyos. Deseaba regresar, aunque el retorno significara entrar al control casi tiránico del padre, en su país la vida era más vida, más cálida, menos solitaria e indiferente.
En tres días, Fernando Albarraza viajaría a Miami. Allí lo esperaban con ansiedad. Sus aliados exploraban la posibilidad de disminuir las hostilidades contra el gobierno de Cuba. Habían avanzado en exploraciones de tanteo con el viejo y segundo brazo fuerte del gobierno, el hermano de Fidel, Raúl Castro, ocupante sustituto del máximo poder por delegación, y quien, al parecer estaba resuelto a ofrecer cierta apertura comercial hasta entonces imposible. El modo era el importante. En agenda yacía la estrategia de introducir mano de obra barata de jóvenes haitianos, de los campos y las ciudades. Alguien le había referido que en Miami existía una población importante de hombres de esa nacionalidad.
“No nos interesan”, respondió. “Los haitianos de Miami o de cualquier otra parte del mundo, tienen unos vicios y unos hábitos ya desarrollados. No quieren trabajar en la construcción. Necesitamos a los adolescentes y jóvenes de Haití, los que están sujetos a ese mundo de carencias, tendrán la motivación de darlo todo, por mejorar sus vidas”.
Huracán. Capítulo 2 (Primeros azotes del viento)
El pueblo haitiano hoy vive más dolor, pero es más dolor, un dolor insoportable, insufrible e inhumano, pero es más dolor del dolor que ha clavado sus filos desgarrantes desde siempre, es más dolor del dolor de su pobreza, una pobreza clavada en los huesos de los hombres, los jóvenes, las mujeres, los ancianos y los niños. En esta ocasión presento un fragmento de mi novela inédita “Huracán”, que retrata desde lo más crudo de la ficción-y la realidad en ese pueblo supera la ficción-parte de esa vida entre haitianos pobres y ricos y dominicanos ricos. Es mi pequeño aporte en esta hora de dolor. La novela lleva más de un año escrita.
Agencia EFE. Septiembre 5, 2008
El hambre y la desesperación se apoderaron este viernes de los miles de haitianos atrapados en sus aisladas poblaciones tras el paso de la tormenta tropical “Hanna”, que se cobró la vida de al menos 136 personas en el deprimido país. Los organismos de socorro, nacionales e internacionales, dedican todos sus esfuerzos a llevar ayuda humanitaria a los afectados por el fenómeno, que calculan que son más de 650.000, muchos de ellos niños que desfallecen por falta de agua o comida. Sin embargo, llevar algún tipo de ayuda humanitaria por carretera a las víctimas de la norteña ciudad de Gonaives o a algunas de las localidades del sur, es casi imposible.
Estaba desaparecido. Nadie sabe cuándo ni cómo desapareció. Sus padres creían que se había marchado por su propia voluntad, conociendo como conocían la fogosidad de su temperamento. Decidía hacer algo y lo hacía. A él no le importaba la inestabilidad del país. Se bastaba de sus puños para repeler cualquier agresión. En los días de la intervención, cuando la Minustah llegó para calmar la temperatura, que había barricadas en cada calle, que los cadáveres aparecían esparcidos por todas partes, que los Lavalás gritaban a todo pulmón muerte a los interventores, él salía a las calles, se internaba en los polvorientos barrios de Puerto Príncipe, caminaba por los callejones donde los jóvenes y hasta los niños, portaban armas de fuego. Más de un dolor de cabeza provocó en los padres. En más de una oportunidad fue rescatado de alguno de los barrios céntricos ardidos por las peligrosas protestas populares, incitadas en muchos casos por los narcotraficantes, dueños parciales de localidades y parajes dispersos pero latentes, próximos a Gonaives, Hinche y Petionville. El padre lo amaba pero estaba hastiado de los arranques del hijo y por un tiempo dejó de preocuparse por su suerte. Ser el hijo del presidente era difícil en cualquier lugar, sobre todo en Haití, donde aparentemente, nada funcionaba. No se podía confiar en nadie. El palacio presidencial subyacía filtrado de espías enviados o por la oposición o por las fuerzas interventoras y el Presidente, un hombre maduro, de tez clara y cabello blanco, sabía que se deslizaba por un camino de arena movediza repleto de cocodrilos asesinos. Lo último que decidió fue asignarle seguridad personal al hijo. A pesar de sus virulentos arranques de rebeldía, el pueblo quería a su unigénito. Celebraban sus imprudentes apariciones por las sucias calles de Puerto Príncipe, compartía con las muchedumbres, se metía en el mercado a comer guineos maduros, a beber ron del rústico y a fumar con los más pobres. Había, sin embargo, quienes querían capturarlo para vengarse de su padre.
Siempre se pensó en la posibilidad inédita de un secuestro; el hijo del presidente propiciaba las condiciones. -Te matarán si sigues jodiendo en la calle- le repetía el Presidente, constantemente. -Nadie se atreve a tocarme cuando estoy con el pueblo- decía él, con fe ciega en sus creencias.- La gente me quiere, papá, incluso más que a ti. El padre, presidente por decisión de otros países de colocarlo en la posición provisionalmente, hasta que se convocara a elecciones y luego candidato ganador de las mismas, tenía cejas abundantes y un perfil de gente instruida, y al mismo tiempo enfrentaba una de esas constantes crisis políticas y la alteración del orden público le tenía los nervios de punta. Su hijo tenía razón, lo querían más que a él, porque en la vida real los presidentes debían alejarse de las multitudes por su propio bien y por el bien del país. Había perdido ese contacto físico con el pueblo. El hijo no hacía más que reeditar lo que él hizo siempre desde su época de estudiante: compenetrarse con el grajo y el calor asfixiante del pueblo. -Tengo enemigos a quienes les gustaría arrancarte la cabeza, solo para joderme la vida. El hijo, negro, con el aspecto puro del africano, la cabeza poblada de un cabello rebelde, el cuello ancho y la boca de gruesos labios, se detuvo frente a él para tranquilizarlo: -No te preocupes-dijo- nunca haría algo para causarte daño. La madre vivía su vida sin complicaciones. Decía que ellos habían cumplido su misión: lo criaron, lo educaron y lo hicieron un hombre. Lo que hiciera con su vida era un asunto suyo. Si tenía cojones, debía asumir su vida y su destino. Así se expresaba la mujer. ¿Era irresponsable? No. ¿Insensible? No. Era una mujer práctica, de este tiempo. Se comportaba como una emperatriz, más que como una primera dama. Salía de viaje constantemente: adoraba dorarse la piel en los lujos de Punta Cana, en República Dominicana. Iba y venía a esa nación caribeña, adherida como siamés al cuerpo de su país, donde gozaba de lo lindo visitando las plazas de exclusivas tiendas internacionales, las torres con exhibidores de diseñadores de fama internacional, los hoteles cinco estrellas y las noches perfumadas de los restaurantes coloniales de Santo Domingo. La prensa internacional-odiaba a los paparazzi-, la perseguía. Cuestionaban sus gastos enormes, siendo como era la esposa de un presidente de un país pobre, que se asfixiaba en los reclamos por comida y medicinas. Al principio la mujer cedió a las críticas, su esposo le recriminaba: la vida que llevas es la de una heredera de pozos petroleros del Medio Oriente.
No puedes darte esos lujos cuando mi pueblo se muere de hambre, le increpaba. Ella bajaba la cabeza. Era la debilidad del presidente, y todos sabían que abusaba de esa debilidad. Contrario a abandonar su conducta de derrochadora de dinero, la afianzó. Se valió para ello de las artes del disfraz y de la actuación. Salía del país con atuendos menos llamativos, utilizando pelucas de distintas tonalidades unas veces, otras sentada en una silla de paralítica, con lentes anchos y oscuros. Al hacerse pasar por anciana rica y desvalida que derrochaba fortunas a manos rotas en los casinos, logró serpentear inadvertida por los paparazzi, que de pronto admiraron su recato al aparecer en los pocos actos públicos junto al presidente. Sin embargo, las arcas del Estado se resentían. El derroche era inmenso. El Presidente navegaba en aguas recelosas. Las calles a punto de estallar por las inclemencias económicas, una militarización internacional que le enrostraba la falta de carácter para dominar a los grupos rebeldes y la ausencia de un ejército propio. Esa suerte de hilera conflictiva lo tenía al borde del colapso. A esto se unía la rebeldía del hijo que al final de cuentas, consideraba no respetaba su autoridad. La rebeldía lo ponía en vergüenza frente a su propio gobierno, que cuando se dictaminaba un toque de queda después de las siete de la noche por los desórdenes callejeros, los diarios de otros países mostraban fotografías del hijo del presidente, marchando por las calles de los barrios, a punta de tragos de clerén y cerveza. -Tú y tu hijo me llevarán al fracaso- le decía a la esposa, a punto de derramar mil lágrimas por minuto. Había aceptado ser presidente por asunto de ego. Figuraría en la Historia pero no quería figurar en las crónicas históricas como un pelele títere de una nación inviable, de un fracaso cuyo rumbo daba traspiés y tumbos a cada instante. Otro tanto lo sumaban los empresarios corruptos con quienes lidiaba de lado y lado de la división fronteriza. Constituían un poder. Se hacía de la vista gorda para permitir el tráfico de ilegales demandados para la llamada industria de la construcción en República Dominicana; eso le permitía disminuir la presión. Haití moría de hambre, la miseria se machacaba en los hogares y los niños fallecían desnutridos. -Presidente, allá sus compatriotas por lo menos encuentran que comer,-le detallaban los empresarios, muchas veces acompañados de sacerdotes extranjeros que hacían causa común con los pobres.- No hay problema, nosotros tenemos a la gente. El Presidente, entonces se incorporaba: -Pero a diario llegan reportes de repatriados. ¿Qué país quiere indocumentados en su tierra? -Ningún país. Pero, por encima de esos riesgos, hay filtros que se mueven con billetes. Es un engranaje exitoso: la mano de obra barata es la ilusión de los empresarios. Usted tiene aliados importantes a nivel internacional, organizaciones de activistas que reciben buen dinero para clamar por el derecho de los haitianos. El Presidente cedía no por debilidad, sino por perseverancia. Los empresarios eran, al fin de cuentas, roedores que se deslizaban por debajo de las trincheras; sobrevivían de manera subterránea y poseían la capacidad de horadar los cimientos del Palacio Nacional y verlo desplomarse sin inmutarse. Hacía varias semanas que no sabía nada del hijo. Encomendó, clandestinamente, la búsqueda, sin dar parte a los medios de comunicación y sin permitir que el pánico lo embargara. ¿Dónde estaba? Pronto recibiría informes. El país se caía en pedazos, fruto de la inestabilidad vivida desde el descabezamiento de las dictaduras de Jean Claude Duvalier y de su hijo, el mofletudo Baby Doc. Golpes de Estado, asonadas, torbellinos formados por bandas paramilitares, hambruna, enfermedades; pero sus investigadores se habían formado en Estados Unidos e incluso viajaban a Asia para adiestrarse en las técnicas de investigación más avanzadas. No le cabía duda de que el paradero de su hijo pronto sería descubierto. Creía que se trataba de un aspaviento, de una travesura más, y no se preocupó. Sus preocupaciones rutilaban más allá de la mansión presidencial. En realidad, a veces se sentía como una figura decorativa en medio de la nada. La corrupción había escaldado tanto la administración pública que el jefe de Estado, maniatado, a veces no sabía el rumbo. Nadie se responsabilizaba. La solidaridad internacional existía en los periódicos y en las cumbres internacionales, lejos del pueblo, que en la distancia, era desangrado por el polvo y la aridez. La comunidad internacional, él lo sentía, quería echar una cubeta de mierda al problema haitiano y él, a veces se exasperaba ante la situación. -Mi país se muere de hambre- había dicho tembloroso al pronunciar un discurso en una de las asambleas de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).- El mundo ve con sorpresa el gasto de miles de millones de dólares en armas de guerra, mientras, en los barrios pobres de mi nación-que son los que más- no se disfruta de un plato de comida ni de una habitación de hospital adecuada. Como orador hablaba un francés perfecto y resentía del creole o patois por considerarlo vulgar y sin cadencia. Hablaba en los foros internacionales. Había gastado quintales de litros de saliva propugnando el bien de su país, se firmaban acuerdos de buena voluntad, montones de papeles, montones de documentos apilados y la mejoría nunca llegaba. Hijo de un hogar de clase media, su formación corrió por cuenta de sacerdotes que lo protegieron y cobijaron en Santo Domingo. Le reconocieron la chispa de un líder que podía encender algunas mechas. El Presidente no creía en quimeras. Sabía que su país, su pedazo de tierra en una isla compartida, no le importaba a nadie. Primero, allí lo único que se produce es pobreza, del vientre infértil de su tierra no brotan más que cactus y matas resecas por la sequía inclemente de su suelo volcánico. Lo había escuchado de otros gobernantes que hablaban por la espalda: los integran a miles de organismos sin capacidad deliberativa, más por lástima que por buena voluntad. ¿Qué maldición habrá caído en esas tierras secas, hambreadas y sin vida? ¿Para qué ser presidente de Haití? Le recriminaba la mujer. Ella quería vivir con él en Miami o en Canadá. Podían hacerlo. A él con su cultura, su perfecto dominio del francés y su carrera de Derecho, le sonreiría la fortuna. Nadie nos quiere, viejo: le decía para arderlo y llenarlo de impotencia, ni los dominicanos nos admiten. Les hedemos. Somos negros, nos maltratan, como los maltratan y los negrean a ellos en Puerto Rico, a los mejicanos en Estados Unidos; estamos jodidos en este maldito pedazo de tierra que ni siquiera es un país. Su hijo se escandalizaba con los criterios externados por su madre: -Habla como papagayo, papá- decía-, ¿dónde es que se apaga la madame? -No seas impertinente, todavía puedo calentarte el culo negro que tienes a nalgadas. Hijo único, el chico crecía creyéndose el ombligo del mundo. Hacía y deshacía en la escuela, transgredía las reglas y desde muy temprano se distinguió como líder de pandillas estudiantiles, alborotadoras del orden de los colegios, amenazantes se imponían a los profesores y de cuando en cuando les propinaban sus palizas para fijar en ellos el sentido de la autoridad. Al principio de nada le valía al padre la casi diaria azotaína a correazos ni los castigos de arrodillarlo sobre arena durante horas para someterlo a la disciplina. De algo valieron después esos métodos bárbaros de sometimiento, porque el chico se transformó en un estudiante con buenas calificaciones, que por módica cantidad de dinero ofreció a los maestros protección de los ataques de su propia banda. “Eres un maldito mafioso”, lo acusó el padre el descubrirlo todo por bocas de anónimos. “De algo se debe vivir, viejo”. El padre, indignado, no se refirió más al asunto. Pensó, además, y tuvo razón, que aquellas andanzas gangsteriles quedarían en el colegio. No hubo complicaciones futuras. Salvo una, cuando ya era presidente. El hijo mató a una mujer en una situación confusa, que, por supuesto, se manejó en absoluta discreción. La versión dada fue que luego de hacer el amor, la mujer esperó que se durmiera, llamó por teléfono a dos sujetos que intentarían secuestrarlo, él se enteró a tiempo y huyó del hotel. Esperó una semana, buscó a hombres de las sombras, una pandilla formada por sobrevivientes, hijos y nietos de los Ton Ton Macoutes, que portando largos y filosos machetes ejercían de sicarios, y les ordenó cazar a la mujer. Resultó que los hombres que iban a secuestrarlo pertenecían a esa pandilla, por lo que su nombre circuló en los medios de prensa internacionales, vinculado a la mujer. Posteriormente los organismos investigativos descubrieron que la mujer era una agente de la CIA, con una misión, jamás revelada. El Presidente se tragó su impotencia y contrató, en el exterior, a hombres diestros para incrementar su seguridad personal. No sabía las razones, pero algo se había batido contra él. La situación en la que se vio envuelto el hijo así lo confirmaba. -Exijo una explicación-dijo al presidente de Estados Unidos, que se mostró sorprendido por la situación. -Investigaré y te informaré. -¡Clic! Después de hablar por teléfono con el presidente de los Estados Unidos, rió. ¿Se reía de sí mismo, o del comentario de la esposa cuando supo con quien hablaba? ¿Era capaz de importunar al hombre más poderoso del mundo para exigirle una investigación? Lo era. Su esposa se acercaba a él en esas ocasiones para festejarlo con un trago de whisky a las rocas, como le gustaba. Para decirle: “recuerda quién es cada quien en este jueguito, amor”. Pensó en la fiesta de hace unos meses. Para relajarse. Sus relaciones con los dominicanos cada vez más armoniosas se hacían notorias. Permitía que los empresarios de ambos países desarrollaran sus actividades y les facilitaba la vida. La fiesta fue en Palacio. Una recepción para celebrar un contrato entre constructores, que aseguraba ventajas millonarias para una y otra parte. “Déjalos que te ayuden. Mantente frío con los empresarios y harás lo más parecido a un gobierno”, le había aconsejado su antecesor, un ex sacerdote que muy a la larga odiaba a los vecinos del otro país. El salón Embassaur fue adornado para la ocasión, con cortinas rojas, encajadas en cada espacio y un mural fastuoso con los emblemas de las dos banderas nacionales, cruzadas por un lienzo que rezaba “Dios, Patria, Libertad”. Los empresarios asistieron con algunos de sus familiares, unos llevaron a sus esposas, otros a sus hijos y uno de ellos, el más poderoso, a su única hija. Para Fernando Albarraza, el principal constructor de República Dominicana y su hija Abelizath, fueron dispuestos los mejores y más ceremoniosos servicios. El Presidente los atendía de manera particular, no solo por el poder que encarnaba el hombre por sí mismo sino por su reconocida relación de familiaridad con el jefe de Estado y sus enraizados vínculos con el poder de Estados Unidos. Juntos bebieron hasta altas horas de la madrugada, se explayaron hablando sobre la historia de ambos países, los conflictos históricos, el infeliz capítulo de la invasión que llevaron a cabo en 1821, los más de veinte años de sojuzgamiento y el odio visceral que se había sembrado a lo largo del tiempo en ambas naciones. -Eso debió quedar atrás hace mucho tiempo- decía el Presidente-, no hay motivos para que algunos quieran seguir incentivando el odio entre haitianos y dominicanos. Somos las alas de un mismo pájaro.
Huracán (fragmento de la novela)
Ella rompió mis parámetros. Sus labios, fueron sus labios. Me atraparon en el acto. Cuando estuvimos cerca, junto a nuestros padres, vi en sus ojos el mismo aburrimiento. La misma decepción de una noche apoderada por el silencio y por el misterio del cielo haitiano. De eso le hablé al invitarla a contemplar el cielo desnudo desde el balcón lateral izquierdo de la mansión presidencial. Le gustó la expresión “cielo desnudo”. Sonreía al buscarle una razón poética a esa expresión, luego cayó en cuenta de la realidad, también desnuda. Inventé un ardid para condensar su atención. Me dijo las cosas con un desparpajo tal, que al escucharla me parecía una visual trastornada de mi imagen. “Te gusta llamar la atención cuando te haces retratar en las calles, en medio de un toque de queda”. Se había documentado. Yo no hice lo mismo. Antes del encuentro entre mi padre y los empresarios, me importaba un coñazo asistir a un cóctel de hipocresías, sonrisas programadas y motivos lucrativos en los que el presidente haitiano no era más que una firma de autorización. Me iba. No estaría allí, la calle, sazonada como estaba, repleta de guardias y barricadas en algunas zonas, me incitaba a fabricar algún entuerto, pero cuando la vi a ella, me dije: cambio de planes. Rió al momento de decírselo “no sabía que en tu país fueran capaces de crear algo como tú”. “¿Algo como yo?, fue un atrevimiento. Estuvimos en el salón de los cuadros, frente a próceres como Toussaint Louverture. Al sujetarle la diestra, una mano frágil, de mujer vulnerable, me acerqué más de lo debido. “¿Hablaremos de arte?”. Mi arte fue un beso automático. Mi sorpresa fue la correspondencia. Ella me acogió y palpar su cuerpo fue la experiencia más agradable de mi vida. Ignoraba esos deseos, desconocía esas caricias. Me atravesó ese aroma natural de mujer incandescente. Al principio, al verme desnudo, abrió sus ojos asombrada por mi miembro, un verdadero desastre humano cuando se mostraba de cuerpo entero. Pensó que, quizás, algo así podía llevarla a una sala de emergencias; pero no fue así, intenté, con resultados positivos, ser suave y gentil.
La penetración la excitó tanto, que temí ser descubierto por sus bramidos. Lo que ocurrió fue un huracán categoría cinco en la escala Saffir-Simpson. No sabía que una mujer y un hombre podían darse por entero y un poquito más desde el principio. “¿Qué haremos ahora?”, me preguntó, atildando sus besos sobre mis labios, arañando mi espalda, temblorosa. “No lo sé”. No había una respuesta para una acción instantánea, Nuestras palabras transgredían cualquier protocolo. Fueron nuestros cuerpos y nuestras lenguas; nuestros sexos fueron los que se pronunciaron, nos abrazamos. El gran salón Blanche, donde tantas decisiones trascendentales habían nacido, entre una fortuna de pinturas francesas, inglesas y alemanas, se hizo testigo mudo de aquel brote de pasiones. “Estoy enamorado de ti”, ella se reservó el comentario final. Lloró repentinamente. Me quedé callado, al abrazarla, sus temblores me atravesaron. “Me has hecho feliz”, dijo después de todo. Al principio creí que no pasaría de una aventura. Una mujer como ella cambiaba el sentido de la realidad, en mi caso, de una realidad de acuartelamiento. Estábamos al borde de la felicidad. Escuchamos que nos buscaban; mi escolta personal y amigo me hizo saberlo; el padre de ella preguntaba insistentemente por su hija. Ordena que les digan a mi padre y a él sobre nuestros gustos comunes por el arte. Ella, desgreñada por los vientos del huracán de besos, lamidos y mordiscos, se dejó el pelo suelto. “Eres tan hermosa, cualquier hombre daría la vida por ti”. Ella sonreía. El chico dominaba las artes de la palabra y de la seducción. Contrario a lo pensado por muchos, su profundidad desdecía las acusaciones de que era un salvaje de instintos primitivos. Se manejaba con cortesía y al hacerle el amor, una serie interminable de sensaciones desconocidas, invadió la parte más sensible de su cuerpo. Permanecimos juntos otro rato. “¿Por qué no te conocí antes?”, le preguntó ella. “Me has embrujado”, continuó. “Hay cierto embrujo mágico en mi sangre”. Eso te atrapó, la magia, el olor de mis ancestros era una esencia de primitivas fragancias, incitadoras del sexo y de la imaginación. Me contó de su miedo. No era posible experimentar esa convulsión de sentimientos, ese derrame de carnes en unos cuantos minutos. “Tal vez nuestras carnes están ávidas de una nueva experiencia, tal vez solo despertamos un deseo carnal reprimido”. Pero no fue así, al desnudarnos y contemplarnos en la complejidad física de nuestros cuerpos, supe que su belleza podía causar una revolución en cualquier lugar. Mi piel negra, con la suya blanca, suave, con una tersura de sueño, se batió entre fugaces temblores al tocar su sexo. Nuestros cuerpos se unieron, ansiaban unirse, mis labios buscaron sus pezones y sus senos me mostraron una pintura artística de perfección plena. Ella temblaba al fundirse conmigo, yo temblaba al fundirme con ella. Su desnudez: el estado perfecto de la belleza humana. Fue más que sexo, creo que se trató del nacimiento de dos seres humanos nuevos. “Te escribiré”. “Tienes mi dirección electrónica, jamás dejaré de escribirte”. No. También quiero estar cerca de ti. Lo estamos. Siempre hay maneras de encontrarse. Nunca hay una distancia total si están los medios. Mi padre puede ser un problema. No me aceptaría, ¿verdad? No se trata de aceptación. Sí, es aceptación. ¿Entregaría su hija a un haitiano? En todo caso, no eres cualquier haitiano. Viví una noche maravillosa aunque la última parte me preocupó. Las posibilidades con el padre eran de una en un millón. Pero, ¿por qué? No quise estropear el momento; “no podemos vernos muy a menudo”, se sincerizó ella. “Pero nos veremos”, le prometió él. “Has roto todos mis parámetros- le escribí dos días después de nuestro encuentro en palacio-, necesito buscar una fórmula para estar a tu lado. Me gustaría acompañarte en tus sueños y ser el hombre de tu vida”. “He soñado contigo cada noche y cada día- respondía ella los mails- tampoco encuentro sosiego cuando pienso en lo que me hiciste sentir. Creo que por algo, nuestros destinos se encontraron, veré en qué pienso”. Con astucia ella borraba el intercambio. Temía a su padre, no quería descubrirlo husmeando en su lap top, descifrando el acceso a su correo electrónico, para él el encuentro de su hija con el hijo del presidente haitiano, pertenecía al olvido. Fernando Albarraza encendió uno de sus grandes cigarros. Con su traje nuevo, zapatos y reloj, estrenaba las últimas adquisiciones de vestir. Esperaba a uno de sus socios. Quizás un poco más tarde saldría a tomar el sol en las veraniegas calles de Palm Beach. Estaba ilusionado con el nuevo proyecto. Arismendy Torrealba, presidente de la cadena hotelera Sol de Tres, lo saludó efusivamente. Representaba a diez empresarios más del sector turístico, de los más pujantes de Miami y Cuba. Un hombrón de casi seis pies de altura, ex campeón de fútbol americano, con una cabellera ensortijada que le hacía un encuadre al rostro agraciado. Se hacía notar al llegar a los lugares. Albarraza lo apreciaba, compartían intereses en Miami y pronto en Cuba. De los cubanos descendientes de exilados en Miami, le importaba un saco de mierda la situación política de esa nación caribeña. Desde hace tiempo, como todos los de sus características, esperaba el deceso de Fidel Castro, no por odio al líder de la revolución comunista que detentaba el poder desde 1959, no por una falsa nostalgia por recorrer las calles grises de la Habana, sino por el potencial del turismo, que estaba
demostrado, ofrecía una oportunidad única en su especie. Albarraza lo acompañó hasta su oficina. Igual a la suya: paredes armónicas de un cristal blindado, computadora pantalla plana de alta resolución con las aplicaciones de voz, data, imagen; muebles de diseño exclusivo, una habitación de descanso, para los polvos repentinos, pensó él, cuadros, pinturas disgregantes de la nueva vanguardia y los infaltables libros que tantos despachos adornaban sin más intención en el mundo. A Fernando Albarraza le agradaba ese ambiente, siempre tuvo la envidia: le habría gustado ser de aquel lugar, el mismo clima se hacía más ideal, las calles, la brisa… -Es un pensamiento de rico- le dijo risueño Torrealba al escuchar sus divagaciones.- No sé de qué te quejas, tu país es envidiable: ¿hay algún lugar como Punta Cana en el planeta?
La edad suficiente
A Karina, porque sí.
Te he visto posar tu mirada sobre la mía, discretamente. Eres así de especial. Joven mujer de edad indefinible, te acercas y me dices, casi al ras del silencio, cómo estás. Te mueves con todo tu cuerpo como loba que busca su presa, o que espera que este lobo que soy te busque como presa, y nos hemos descubierto a las seis en punto de la tarde, buscándonos ambos. Cuando te acercas, que te espero entre el gentío y te aproximas con tu micrófono de periodista de tv para que te interprete lo que dijo el tipo, preparar el reporte y seguir tu camino, me miras y nos miramos porque te he mirado desde que me miraras antes de las cinco de la tarde. Luego tu edad: cuántos años tienes, me sale de adentro preguntar, me miras con esa malicia que inunda tu rostro que quiero como mi rostro para empalmarlo a mi rostro y palpar como palpa la lluvia al mojar la tierra seca, cuál es el sentido del amor. Pequeña. Si pareces una niña, fabricada con la belleza que a veces no creemos posible si alguien más nos cuenta. Eres punto de origen de todos mis orígenes desde esa tarde a las seis, tránsito entre tarde y noche o noche y tarde y ambos o ambos a la vez, como nosotros que somos la aspiración de ser un todo, cosmos, sangre, torrente, torbellino, luz, sombra, amor, clarividencia y sexo. Y me respondes la edad suficiente: así de simple. La suficiente para enternecerme los rincones congelados del alma, aquellos reductos vírgenes donde todavía mora la pasión, que al morar hace morada y desea que su moradora esencial seas tú para que mores conmigo en la punta de tu carne y tu espíritu; necesito transpirarnos, chiquita, ilusionarnos y luego meternos en el pellejo de ambos para hacer el viaje juntos, unidos, adheridos a los besos.
Besos rojos con carmín azucarado. Y te veo en la punta de la noche. En medio de una luna que divide en dos tu rostro, ese rostro virgen de mujer inicial que se busca en mi búsqueda y me refiere a sus labios, a su sonrisa sonora sin maquillajes. Ven, te necesito, me dices. Para qué te digo. Para lo que quieras que te necesite, para convidarnos al martirio de los ritos secretos, conocernos y descaracterizarnos desde la punta de la madrugada bajo los rayos de luna, hasta desconvertirnos en parte de lo que somos cuando ambos nos miramos y quedamos alelados, víctimas de algo sublime, casi al ras del amor, con sus ungüentos y olores, con sus brisas azules bifurcadas en mitad de nuestra cama que es tu lecho de rosas, mi lecho de palmas a la orilla de una playa, mi lecho de emociones reposadas e instintivas, descorridas de tu pelo y de tu boca que descienden hasta ambos. Y, lo mejor de todo es que te recuerdo, de aquella época cuando me acompañabas a mí y te acompañabas a ti a Casa de Teatro, o muy posiblemente al Centro de Cultura Hispánica, hoy con otro nombre y luego de escuchar y de hablar y de oír y decir y desdecir, nos corríamos hacia el parque Colón, nocturno, ensombrecido, con sus bancos a menudo cagados por las palomas que salían de las antiquísimas hendijas de la Catedral, y bebíamos, whisky, whisky o ron, fumábamos y nos embriagábamos después de la universidad. Y nos recordamos chiquita.
Con esos labios que quise y quiero regar de crema de guayaba, para luego probar a mitad de la esquina y en el punto final de la madrugada… Te he visto llegar y partir, reconfortarme en un trago de lluvia y en una mirada expresa, al borde del colapso y tus labios han concitado en mí la aventura, la desventura de la desmitificación de los cuerpos, porque el tuyo no es un cuerpo, es un espacio de esponjas traspuestas en planos suaves de tu piel y mi piel que es la piel de ambos al despuntar las cinco de la madrugada. Pero al verte no puedo más que quedar expectante, aletargado en la gracia de tus labios y en el moño que has hecho sobre tu pelo negro que me estremece al inmiscuirme en tus interioridades humedecidas. Y te veo llegar, verme como me has visto y ser responsable del surgimiento de una alegría única y maravillosa: si pareces una flor. Una flor bajo la lluvia, bajo los hilos y los cristales de las caricias, pero esta vez caricias escritas con la saliva de nuestras almas, con el sudor de nuestros pensamientos, con el rocío de la intensidad de los quejidos, enquistados en tu barbilla que beso y asumo, como responsabilidad de hombre y mujer. Ya ha pasado el tiempo. Definitivamente has crecido, han crecido tus senos y el temor de la inocencia no nos arrebata la pasión, transfiere a nuestra vena vital, allí donde tiemblan y parpadean nuestros sexos, arremolinados en la unidad visceral del temblor de la gloria, del paseo desgranado de las ansias y nos queremos, y nos amamos hasta donde alcancen nuestras vidas, nuestros cuerpos, nuestros alientos, nuestros suspiros, nuestra devoción, nuestra entrega.
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