Vals de nuestra piel

Posted: diciembre 28, 2011 in POESIA

La lluvia
Se adueña del sentido de mi piel y de esa que es también
tu piel. Sobre todo, cuando ambos bramamos al calor
de una tarde de caños sonoros y puertas cerradas.

Nos viste la lluvia
con su aliento tibio: nos mide en milímetros de espacios
que requieren tu cuerpo. Tu cuerpo para festinarlo
en un rito de vuelos, de manos embalsamadas y
alientos fugaces
de caricias azules que se internan
en la gruta de la simbiosis de la locura y la lucidez
¿Pasión, locura?
Y los destellos de un húmedo rocío
estimulan el abrazo
enternecido: la mordida sin brújula en
lugares prohibidos:
a las tres y media de la tarde.
La lluvia redunda sobre el techo. En los jardines
Chapotean gruesas gotas
Y se adueña del sentido de mi piel y de esa que es también
tu piel y mi piel.
La lluvia
Nos ablanda el instinto y permite mil estímulos edulcorados.
Claro ( que con un trago se enervan las cosas, se intimidan los poros y se encharca el sudor
a la hora de buscarnos entre nosotros. Adentro, en las afueras, desnudos, al nacer
y morir)

La lluvia
Nos anida en el blanco puro de un aposento soñado
Allí, donde sin pedir permiso a Dios, invadimos los terrenos del cielo. Para construir
Realizar, mancomunar, reinventar el oficio del amor.
A las tres y media de la tarde.
Y chapotear en el salado de nuestro sudor.
Y erigirnos en monumentos a la lascivia y a la santidad.
Y bifurcarnos en las rutas agridulces
de la consumación de la lujuria.

La lluvia
Nos desnuda.
Nos interroga, nos quiere en perpetua exhibición
de los gestores del sexo: desforrándonos en la madeja prohibida
adivinando cada rincón inexplorado, husmeándolo al tacto
de la lengua
Al conocimiento pleno y visceral de los sentidos.
Nos viste la lluvia.
Que nos desgrana y nos presenta: tú, mujer, salpicada de mis
untuosidades
en la mágica armonía
de un ejercicio de búsquedas y desencuentros y al gemir
me haces temblar como un ser divino
cargado de humanidad que
te padece
te sufre
te viene y te va: la lluvia vigila, con sus hilos de media tarde
que ambos descubramos que juntos
somos
volcanes ígneos
masa de
amor
que en el lamido de tus
senos
tu sexo y
tus axilas
regeneremos los puntos olvidados
los
agujeros negros
de
la creación.

Este cuento, publicado por primera vez en la Navidad del 2006, es mi forma de desear a mis lectores unas pascuas felices, de renovación, paz y alegría a todos los dominicanos, recordando, sin embargo, los miles de Joaquines que de comida y bebida solo tendrán el amor de sus madres.

NÉSTOR MEDRANO

Bajas la cabeza y ocultas el rostro para que Joaquín no descubra ese torrente de lágrimas que deja una huella de fuego en tus mejillas. Él ignora que has llorado toda la mañana, desde el amanecer. No tiene porqué saber. El dolor es uno y él, con sus siete años de edad, tampoco entenderá mucho de las razones que tienen los adultos para llorar. Has llorado, llorarás, porque palpas en carne propia lo difícil que ha sido sobrevivir como madre soltera, pobre y sin esperanza, en ese pueblo donde la brisa sopla un polvazo caliente y la lluvia, ni siquiera aparece de vez en cuando.Has padecido hambre en la piel y el estómago y estás a punto de colapsar. El niño, con sus ojazos negros grandes pasa por tu lado quitado de bulla, porque los niños nunca saben de pobreza y de riqueza, ellos viven, juegan con sus amiguitos, aunque sientan esos gruñidos en sus estómagos, que a veces braman, vacíos.De repente se detiene. Los niños pueden ser inocentes pero observadores, y según has notado, es un niño observador, observador y curioso. Camina en círculos, imitando los sonidos de los autos que compiten en carreras y acelera, corretea, disminuye, se detiene en seco. Te mira y tú tratas de mirarlo, pero no puedes porque te hiere la tristeza. Él se coloca a tu lado, presiente tu dolor, porque tu dolor está regado en esas cuatro paredes descascaradas de la pieza en la que vives con más penurias que risas y risas.Mirándolo a él también miras los dos panes duros que esperan a ser devorados sobre la mesa, y el plato de ensalada de mangos verdes que has preparado con algo de aceite de oliva, porque, por lo menos le darás algo similar, remotamente, a una ensalada.Bien lo decía doña Anastasia, esa anciana enclavijada y huesuda que era tu madre: “no te aloques, muchacha, no andes por el mundo entregándote a cualquier hombre, busca responsabilidad, que los gusticos de cama, después duelen”. Pero tú, naturalmente, eras joven, con ganas y deseos de vivir, no querías estar en la vaina esa de la estudiadera, perdiendo tiempo metida en un liceo, si podías buscar un macho que te mudara y mantuviera.Doña Anastasia no podía contigo. Tu padre menos. El viejo don José, curtido con el tizne de la experiencia, vivía escrutándote, analizándote. Se desarrollaba tu cuerpo. Tus senos se inflaban y se hacían protuberantes, tus caderas daban a tu cuerpo características de mujer golosa y apetecida, era algo en tu comportamiento: “esa muchacha está viviendo con un hombre”, le dijo una vez, de manera cortante a tu madre.Cuando saliste embarazada no hubo forma de contenerlo:-¡Se va de mi casa, carajo!Doña Anastasia, con algo de esa sensibilidad desempolvada de madre, intentó intervenir:-No puedes echarla, ¿de qué vivirá?-Que busque al vago que le aventó la barriga y la mude.Ya no hay vuelta atrás y Joaquín está ahí, a tu lado, llenando esos espacios desolados con su risa de niño avispado. Que te mira. Quiere decir algo; algo y si fijas bien tus pupilas en las suyas te darás cuenta de que quiere decir algo coherente. Es el temor. Te embriaga el temor ahora: ¿y si pregunta algo para lo cual no estás preparada? ¿Si hace alguna de esas preguntas fundamentales, qué le dirás? No le dirás que su padre es un tecatico de Ciudad Nueva, que cuando supo del embarazo huyó a la tierra de sus tíos en Dajabón y se escondió entre los montes, y nunca quiso saber nada de él, de ti. Realmente no estás preparada para responderle. Sólo lo retratas con tu mirada y ves ese rostro de ángel, tan parecido a tu padre que es su abuelo y que nunca quiso saber nada, para no involucrarse, tampoco quiso que visitaras a tu madre, doña Anastasia estaba muy enferma y “ tu no me la matarás, maldita”.Aunque lo has intentado no has logrado aligerar la carga. ¿Qué puede hacer una mujer que no sabe hacer nada, que no sea planchar, lavar o fregar en alguna casa de familia? Ya no hay manera de devolver la cinta. De hacer un stop a esa historia triste que cuentas sin mover los labios, esa historia triste que tu hijo está a punto de descubrir, porque se ha colocado a tu lado, con su pantaloncito corto marrón y su camisita de cuadros azules, obsequio de alguien que hoy no recuerdas y temes que abra la boca y haga una pregunta reveladora sobre tus padres, sobre sus abuelos, sobre su familia.Joaquín vuelve a hacer con la boca un ruido de motor Yamaha, antes de acelerar y correr alborotado por toda la pieza. Los demás niños juegan frente a sus casas, también corren, sus madres han comprado algunos pollos para asar, otras guisan espaguetis y preparan arroz blanco, porque sus maridos han utilizado la poca ganancia de las chiripas del día, junto a otros ahorritos, para cenar en esa noche especial.“Tanto que te lo dije, no jodas en la calle para que no sufras, muchacha”, le escribió doña Anastasia hace dos días, cuando le mandó un sobre con veinte pesos para que se ayudara en esos días festivos.Tu padre no quiere saber nada. De noche se sienta en la entrada de la casa, bebe ron a pico de botella y te maldice, “esa vagabunda del diablo, no sirvió para nada”, dice cada vez que tiene la oportunidad de hacerlo.Ya no puedes ocultar más el llaEL BUEN DESEO DE JOAQUÍN i Rate This Este cuento, publicado por primera vez en la Navidad del 2006, es mi forma de desear a mis lectores unas pascuas felices, de renovación, paz y alegría a todos los dominicanos. (foto de Leonardo Pérez Bravo) Cuento de Navidad Bajas la cabeza y ocultas el rostro para que Joaquín no descubra ese torrente de lágrimas que deja una huella de fuego en tus mejillas. Él ignora que has llorado toda la mañana, desde el amanecer. No tiene porqué saber. El dolor es uno y él, con sus siete años de edad, tampoco entenderá mucho de las razones que tienen los adultos para llorar. Has llorado, llorarás, porque palpas en carne propia lo difícil que ha sido sobrevivir como madre soltera, pobre y sin esperanza, en ese pueblo donde la brisa sopla un polvazo caliente y la lluvia, ni siquiera aparece de vez en cuando.Has padecido hambre en la piel y el estómago y estás a punto de colapsar. El niño, con sus ojazos negros grandes pasa por tu lado quitado de bulla, porque los niños nunca saben de pobreza y de riqueza, ellos viven, juegan con sus amiguitos, aunque sientan esos gruñidos en sus estómagos, que a veces braman, vacíos.De repente se detiene. Los niños pueden ser inocentes pero observadores, y según has notado, es un niño observador, observador y curioso. Camina en círculos, imitando los sonidos de los autos que compiten en carreras y acelera, corretea, disminuye, se detiene en seco. Te mira y tú tratas de mirarlo, pero no puedes porque te hiere la tristeza. Él se coloca a tu lado, presiente tu dolor, porque tu dolor está regado en esas cuatro paredes descascaradas de la pieza en la que vives con más penurias que risas y risas.Mirándolo a él también miras los dos panes duros que esperan a ser devorados sobre la mesa, y el plato de ensalada de mangos verdes que has preparado con algo de aceite de oliva, porque, por lo menos le darás algo similar, remotamente, a una ensalada.Bien lo decía doña Anastasia, esa anciana enclavijada y huesuda que era tu madre: “no te aloques, muchacha, no andes por el mundo entregándote a cualquier hombre, busca responsabilidad, que los gusticos de cama, después duelen”. Pero tú, naturalmente, eras joven, con ganas y deseos de vivir, no querías estar en la vaina esa de la estudiadera, perdiendo tiempo metida en un liceo, si podías buscar un macho que te mudara y mantuviera.Doña Anastasia no podía contigo. Tu padre menos. El viejo don José, curtido con el tizne de la experiencia, vivía escrutándote, analizándote. Se desarrollaba tu cuerpo. Tus senos se inflaban y se hacían protuberantes, tus caderas daban a tu cuerpo características de mujer golosa y apetecida, era algo en tu comportamiento: “esa muchacha está viviendo con un hombre”, le dijo una vez, de manera cortante a tu madre.Cuando saliste embarazada no hubo forma de contenerlo:-¡Se va de mi casa, carajo!Doña Anastasia, con algo de esa sensibilidad desempolvada de madre, intentó intervenir:-No puedes echarla, ¿de qué vivirá?-Que busque al vago que le aventó la barriga y la mude.Ya no hay vuelta atrás y Joaquín está ahí, a tu lado, llenando esos espacios desolados con su risa de niño avispado. Que te mira. Quiere decir algo; algo y si fijas bien tus pupilas en las suyas te darás cuenta de que quiere decir algo coherente. Es el temor. Te embriaga el temor ahora: ¿y si pregunta algo para lo cual no estás preparada? ¿Si hace alguna de esas preguntas fundamentales, qué le dirás? No le dirás que su padre es un tecatico de Ciudad Nueva, que cuando supo del embarazo huyó a la tierra de sus tíos en Dajabón y se escondió entre los montes, y nunca quiso saber nada de él, de ti. Realmente no estás preparada para responderle. Sólo lo retratas con tu mirada y ves ese rostro de ángel, tan parecido a tu padre que es su abuelo y que nunca quiso saber nada, para no involucrarse, tampoco quiso que visitaras a tu madre, doña Anastasia estaba muy enferma y “ tu no me la matarás, maldita”.Aunque lo has intentado no has logrado aligerar la carga. ¿Qué puede hacer una mujer que no sabe hacer nada, que no sea planchar, lavar o fregar en alguna casa de familia? Ya no hay manera de devolver la cinta. De hacer un stop a esa historia triste que cuentas sin mover los labios, esa historia triste que tu hijo está a punto de descubrir, porque se ha colocado a tu lado, con su pantaloncito corto marrón y su camisita de cuadros azules, obsequio de alguien que hoy no recuerdas y temes que abra la boca y haga una pregunta reveladora sobre tus padres, sobre sus abuelos, sobre su familia.Joaquín vuelve a hacer con la boca un ruido de motor Yamaha, antes de acelerar y correr alborotado por toda la pieza. Los demás niños juegan frente a sus casas, también corren, sus madres han comprado algunos pollos para asar, otras guisan espaguetis y preparan arroz blanco, porque sus maridos han utilizado la poca ganancia de las chiripas del día, junto a otros ahorritos, para cenar en esa noche especial.“Tanto que te lo dije, no jodas en la calle para que no sufras, muchacha”, le escribió doña Anastasia hace dos días, cuando le mandó un sobre con veinte pesos para que se ayudara en esos días festivos.Tu padre no quiere saber nada. De noche se sienta en la entrada de la casa, bebe ron a pico de botella y te maldice, “esa vagabunda del diablo, no sirvió para nada”, dice cada vez que tiene la oportunidad de hacerlo.Ya no puedes ocultar más el llanto. Has desfigurado el cartón azul que llevaba impresa la imagen de la virgen de La Altagracia de tanto acariciarla y tu niño ha visto fijamente esas mejillas ardidas, con el fuego de las lágrimas, porque hoy es un día especial y no tienes lo más mínimo para brindarle, más que esos dos panes duros que amenazan sobre la mesa.Las mujeres de los alrededores lavan sus casas, echan agua a sus plantas y reciben a sus maridos que se sientan en las salitas a echarse los tragos, a descansar y hueles la brisa, una brisa caliente que hoy ha variado ligeramente y tú te abrumas y lloras. Entonces, él, Joaquín, el hijo de tus entrañas, se acerca y por fin, mira hacia todos los rincones y suelta lo que tanto ha querido decirte:-Feliz Navidad, mami Néstor Medrano nto. Has desfigurado el cartón azul que llevaba impresa la imagen de la virgen de La Altagracia de tanto acariciarla y tu niño ha visto fijamente esas mejillas ardidas, con el fuego de las lágrimas, porque hoy es un día especial y no tienes lo más mínimo para brindarle, más que esos dos panes duros que amenazan sobre la mesa.Las mujeres de los alrededores lavan sus casas, echan agua a sus plantas y reciben a sus maridos que se sientan en las salitas a echarse los tragos, a descansar y hueles la brisa, una brisa caliente que hoy ha variado ligeramente y tú te abrumas y lloras. Entonces, él, Joaquín, el hijo de tus entrañas, se acerca y por fin, mira hacia todos los rincones y suelta lo que tanto ha querido decirte:

-Feliz Navidad,

Cuando me abrazaste me sentí indefenso. Es así. A veces uno se debilita o lo debilitan las circunstancias, el roce de lo inesperado. Tú, que eres así unos días, tan espontánea, hermosa hasta el dolor, sexual; una ilusión que traspasa los resquicios de la hombría y me hace colapsar ante ese sentimiento debilitante que no te oculto y te profeso. Entonces quise escribirlo. A veces escribir me surte unos efectos indeseados, me devuelve a los estados esenciales, que son los estados de la sensibilidad, aquella que nos desocupa de las durezas cotidianas, de los dones inauditos de la supervivencia y la desidia amarrada a los estilos de vida. Pensé en fumar antes de escribir. Fumar para deshacer en el humo los demonios que se esparcen con el humo, y, qué vaina, regresaste a mi mente con toda la furia de tu mirada, a veces de mujer indefensa y con los brazos abiertos para determinar el punto de acceso a tus propios sentimientos, tan revoloteados, tan así de complicados, tan llenos de lluvia y de tempestad, de enemiga de mis propias resoluciones que colocan ese stop, ese cuidado, no te dejes llevar por su aroma ni por sus labios que quisiera marchitar y refrescar junto a los míos cuando me dice lancémonos a la lluvia, sin importar lo que piense la gente. Construyamos una locura para volver a nuestra cordura desigual e insumisa: una rebeldía resbaladiza como la que se incrusta en nuestros poros. Cuando me abrazaste me surgió el deseo. Tu deseo inocente ante mi deseo ingenuo de posesión y desbordamiento y en nuestro entorno la cotidianidad, la ciudad y sus tapones de mil demonios, la gente que divaga metida en su mutismo, en sus mil conflictos de vida y de sopor. Solo nuestra lluvia, solo nuestros pequeños momentos capturados en una especie de atalaya impenetrable. Cuando me abrazaste me sentí a deshoras, indefenso, sumiso, con ganas de seguir a tu lado, con ganas de seguir a nuestro lado, juntos, emparentados en los designios de lo que posiblemente y en algún momento, tendrá que ser u ocurrirnos.

HURACÁN (Fragmento Novela)

Posted: diciembre 1, 2011 in NARRATIVA

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NÉSTOR MEDRANO

Fernando— le dijo, como intentando graficar sin mucho esfuerzo, la idea que planteaba— vete de este país. Tu vida corre peligro. Olvida la jodienda esa. Decretaré un estado de sitio que discuto con las fuerzas de apoyo de la ONU, creo que la Minustah estará de acuerdo. Para mí, tú y los empresarios de aquí y de allá son parásitos. ¿Sabes cómo se comportan los parásitos? Se adhieren a un organismo y lo chupan, chupan hasta que lo hacen languidecer y secar. Haití está seco. En los huesos. El Presidente le reiteró:

—Tu dinero bien podría ayudarnos a resolver algunos problemitas. Pero, eres un experto. No hay aquí una sola cuenta a tu nombre. De manera que, lárgate, porque en los próximos diez minutos los grupos hostiles serían capaces de raptarte. Ha habido otro secuestro. Y otros. ¿Se vuelven populares por aquí los secuestros? La oposición debe sobrevivir. ¿La oposición? Públicamente es la responsable de todos estos males. ¿Me captas? Eres alguien por quien se pediría un gran rescate.

Me enteré tiempo después. Los nervios afectaban a mucha gente. El Presidente de Haití, al parecer, había aprendido a jugar su propio juego y quiso revertir la situación de su país. Hacerlo conllevaba un esfuerzo titánico, que no podía consolidar por sus propios medios.

Fernando Albarraza temió por su vida y salió en vuelo privado de esa nación, antes que la amenaza del gobernante haitiano se materializara. ¿Qué diablos le había sucedido? ¿Se le había subido a la cabeza el espíritu vengativo de Toussaint?  Albarraza sintió un temblor frío, al escucharlo. El miedo, que es una bestia invisible y gigante, sobre todo cuando merodean los espíritus demoníacos en las calles,  chasqueó sobre sus entrañas y huyó sin pérdida de tiempo.  El hombre al frente del Estado no tenía la fuerza para detener la convulsión social, pero sí la decisión de no dejarse narigonear y de trazar él mismo las reglas del juego. Lo leyó minutos después en un diario, antes de abandonar el pedazo de isla.

El Presidente congeló todas las iniciativas empresariales de corto y mediano plazos, con el consentimiento arbitrario y sorpresivo del Parlamento. Para tal acción conformó una comisión  que junto a un equipo de especialistas provistos por la ONU, revisará en detalle y señalará responsabilidades en caso de que alguna de ellas sea lesiva al interés nacional

Albarraza sonrió.  El muy hijo de puta ha decidido ponerse las botas de presidente. Hizo algunas llamadas. Sus socios de Haití, se lo pusieron más claro: “vete a la mierda,¿no sabes que apestas? Contra él corrieron los vientos adversos de las intrigas. De alguna manera aún no especificada, se percibía como si alguien en algún lugar lo vinculara a la desaparición del hijo del presidente y nadie se lo decía directamente.  Hasta que recibió una llamada de Arismendy Torrealba. El socio de Miami, chupando un tabaco edulcorado como chimenea industrial, le recriminó que cómo diablos se dedicó a perseguir y torturar al hijo del gobernante de Haití, que si has perdido la malditaza cabeza hijo de tu putísima madre. Que hay que ser muy maricón, atolondrado, comemierda e idiota del coñazo para ejercer una acción de esa naturaleza. Estás metido en un maldito lío del diablazo. Yo te hacía más inteligente y has demostrado que eres un ignorante cavernario. Todo mi dinero se puede ir por el caño por tu flojera y mariconería. ¿Qué te creías? Tendrás que indemnizarme por daños y perjuicios, por abuso de confianza. ¿Mataste al maldito haitiano, sí o no? Encrucijada. Fernando Albarraza de pronto estaba en una encrucijada. Sus negocios fueron torpedeados: el Gobierno dominicano congeló todas sus cuentas, mientras se investigaban las causas de la muerte del hijo del presidente haitiano.

Anoche causó gran revuelo en República Dominicana, Haití y Estados Unidos, la noticia aún no confirmada del extraño deceso de Francoise Arcinierre, el único hijo del presidente de Haití.  Los detalles sobre el caso son conocidos por un agente especial del Departamento de Investigaciones de la Policía, que hasta el momento no aparece ni en los centros espiritistas.

Todavía no había nada cierto. Los medios, con esa fuerza devastadora que pueden tener-cuando pueden-  andan como cazadores voraces en busca de reacciones en República Dominicana y Haití. Los intentos son vanos. Nadie ha querido dar el frente sobre una situación a todas las luces sin precedentes en la historia de las relaciones de ambas naciones.

Fernando Albarraza se coló por un pasillo oculto, solo conocido por la gente de la intimidad del presidente de la República.

Por su cabeza revoloteaban aquellas acusaciones, el rostro de su hija empeñada en no volver a verlo nunca más y el desenfado de su socio, Arismendy Torrealba, metido en pánico al extremo de pedirle una indemnización: ese hijo de su maldita madre es un flojo, se atemoriza por nada. La explanada de entrada a la mansión, con su fuente torneada con ángeles de mármol  en ronda de piedra, el agua que chapoteaba y las aves que sobrevolaban, iban y venían en cantidades importantes. Se distrajo un poco.

Por esa vía no había seguridad, ni escolta, ni vigías. Solo él y un reducido grupo de íntimos sabían dónde hallarlo en esos instantes.

“¿Recuerdas nuestras orgías y fiestas prohibidas  con mujeres, monjas y sacerdotes, en este jardín? Luego los tragos. Las barbacoas  y los cigarros puros hasta el amanecer bajo la luna. ¡Qué tiempos aquellos, Fernando! Lo recuerdo todo bien señor Presidente.  Eras un maldito arrogante del cual todos nos enamoramos y empujamos hacia el poder. Eras una promesa política, una maldita promesa política y todos queríamos impulsarte.  Eras un tipo brillante, se te veía esa ironía trepidante, esa mirada carcomida por un sentimiento bajo que no emergía, que mantenías oculto como todo político con garras para cargarse en el mundo. Ha llovido mucho después de eso. La juventud de hoy es diferente a la de antes. Ahora somos mordidos y traicionados, señor Presidente. Nos desangran desde el poder. Hay quienes se olvidan, incluso,  de las gentes que les arregló la vida. Hay quienes son malagradecidos y en política, es tan normal encontrarnos con los chupa sangre, los chupa sangre que luego nos dan la patada en el culo. ¿Sangras, Fernando? Profusamente. Me destruyes. Me has destruido, Presidente. No te he destruido. ¿Puede un miserable político de pacotilla destruir a un hombre de tu poder? Eres uno de los hombres más ricos del país, has sobrevivido a crisis destructivas a través del ingenio y de la astucia: ¿cuál es tu problema? En palabrerío no hay quien te gane, excelencia. Me has jodido con el Presidente haitiano. Lo mismo con la comunidad internacional. Me achacan la muerte del hijo de ese hombre y ambos sabemos que nada tengo que ver con el asesinato. Lo odiabas, Fernando. Exacerbaste el racismo más virulento contra ese chico. Te creíste de una raza superior, no por la negritud del muchacho, sino porque era haitiano. Haitiano y amante de tu hija, olvidaba ese detallito. ¿Sabes que algunas mujeres sienten una extraña fascinación por hombres exóticos, de construcción física poderosa? Anhelan ser poseídas por esas bestias descomunales, se ilusionan con la magnitud de sus sexos. Tenías, más que nadie el motivo. Sin embargo, tienes a tu favor que nadie te acusa con cargos formales. ¿Qué te sugiero como amigo viejo? Mantén un bajo perfil. Aléjate por un tiempo. Saca pie y borra huella, man. Vete a Francia o a Alemania: respira, para eso te sirve el dinero. ¡Me crees un idiota, Presidente? Tu orgullo herido provocó la muerte de Francoise. Ah, ¿se llamaba Francoise?  Era el amante de tu hija, no de la mía.

¿De qué orgullo herido hablas? El Presidente secó el sudor de su frente y entendió lo que un hombre a veces debía entender en la vida: en ciertas ocasiones hay que abandonar el barco, con todo y capitán a bordo.

Albarraza se mostró cegado por la frustración, pero su imperio económico estaba intacto. Solo su estima yacía agredida y nada peor para un hombre de negocios que la estima vulnerada. Tenía por delante el conflicto: ¿Cómo manejar el asunto en el ámbito diplomático? Si se conocía el hecho de que había muerto por motivos pasionales, que se dejara claro que no existía la más mínima relación con el gobierno. Solo si se trataba de una horrible tragedia que todos condenaban. Fernando Albarraza era el problema. ¿Cómo enfrentarlo sin provocarle un daño fundamental?

Fernando Albarraza pensó unos minutos en su hija. Supo que el Gobierno, todos ellos, necesitaban un chivo expiatorio. ¿Quién mejor que él para expiar los crímenes de otro?

Aunque el Presidente minimizara la cuestión, el muerto era el hijo del jefe de Estado haitiano y la muy hipócrita y descarada comunidad internacional enfilaría sus cañones. Los grupejos de activistas haitianos enfilarían sus cañones, la presión sería irresistible y el país no tenía más alternativa que crear un cuento convincente. El Presidente se las traía. Todo había sido su idea.

—Eres un genio, Presidente.

—¡Un genio, por qué me burlas así?

—Inventaste el juego de enamorar a mi hija para joderme a mí y fastidiar al pendejo presidente haitiano. Mataste dos palomas de una patada. Bien por ti: es tu jugada.

—¿De qué coño me hablas?

—No vale la pena discutir.

El Presidente esbozó una sonrisa, de esas sonrisas cotidianas, capaces de matar a alfilerazos, sutilmente y con anestesia, a cualquiera.

—Mataste a Francoise, Fernando. Te prometo que te protegeremos. Eres un hombre importante y no podemos abandonarte en este momento.

El Presidente lo despidió y desapareció acompañado de cinco hombres que lo escoltaron con celo.

Albarraza entendía que de algún modo los planes del gobierno habían variado. Se tenía previsto en un primer momento y se pensó, incluso, en armar una versión sobre una supuesta conspiración, en la que participaba el hijo del presidente haitiano. Esta conspiración buscaba matar al mandatario dominicano.  ¿Fue engañado? ¿Lo indujeron al odio y él se volvió homicida creyendo en la posible complicidad del presidente? Para él estaba claro: el Presidente era un traidor. Un tipo sin conciencia, desalmado y mal aconsejado por las vocecitas impuras y hasta podridas de su ambición. Matar a un hombre era mucho, pero matar al hijo de un gobernante de un país con profundas diferencias históricas y culturales, con rencores no extirpados de ambas partes y enojos gravitantes, era demasiado. Le latieron las sienes con violencia y sintió un mareo que lo obligó a sentarse en uno de los bancos de mármol  de aquel patio donde había sellado su desgracia.

Huir era aceptar la responsabilidad criminal de un hecho cuya comisión le atribuía a los sicarios del presidente, pero, ¿quién le creería si lo conocían como el más arrogante e insensible de los empresarios de su país? Urdir una trama como aquella fue una estrategia urdida desde el principio para quitarlo del medio a él y vengar las zoquetadas del mandatario haitiano.

—Me has destruido, Presidente.

—Eres muy dramático. ¿Tengo fuerzas yo, un político de pacotilla para destruir a un hombre de tu poder?

La ironía lo hacía desangrar. Años de ayuda desestimados: servicios traicionados. “No te he traicionado, Fernando. Sabes cómo funcionan las cosas, vete por unos meses”. Temía.  ¿Temor? Un hombre como él no se le ablandaba a nadie. ¿O sí?  ¿Conocía esa sensación fría, amarga y ferruginosa del temor? Cualquiera se ablanda ante el verdadero poder, Meléndez. Tú mismo andas huyendo, temes por tu vida: sacaste a tu familia del país.  El temor puede ser fatal y terrible. Uno piensa en perderlo todo. Es una pesadilla que te sacudan la alfombra y caigas al vacío; te rompas la crisma. No pude hacer más que llorar de impotencia. ¿Se llora de impotencia? Claro, se llora por el dolor de no poder hacer nada. De desesperarnos ante la angustia de lo incierto. La advertencia y la amenaza.

Me hostiga la desesperanza y lo peor es su rechazo.  Mi hija me ha perdido. ¿Sabes que me odia? Me odia desde que descubrió que me compuse con el gusano del presidente para enamorarla; me odia porque me reduje en cinco minutos a la condición de guiñapo y hoy me atraviesa una lanza oxidada en el corazón. ¿Qué riqueza tengo en esas condiciones? Pensé en viajar a Cuba, instalarme en uno de mis hoteles y no salir nuevamente hasta el año entrante. Pensé en llamar a Arismendy Torrealba para que me acompañara y disfrutáramos juntos del sol y de las playas, las mujeres y las noches de orgías, mujeres y licor. Pero ese hijo de puta no me quiere ver ni en pintura. Es un interesado descojonado, es un malditazo mal amigo que ha sucumbido ante los rumores que me vinculan a la muerte del haitianito. Han entretejido toda la historia: que me encargué de matarlo con mis propias manos en la construcción de una de mis torres y lo cubrí de lodo para que pasara como un obrero más, de esos sin familia, apátridas, condenados buscavidas que abundan en la ilegalidad. Que lo envenené con cianuro en un vaso de ron. Que lo maté a patadas, luego de torturarlo.

En Cuba, me han restringido algunas operaciones y dudo que los acuerdos firmados con Raúl Castro se materialicen.

Arismendy Torrealba lo llamó desde la cabina de un teléfono público. Debemos alejarnos por un tiempo, Fernando. Nuestros negocios se mantendrán intactos, pero a partir de ahora, algunos amigos me representarán, e incluso mi nombre se deshace de cualquier vínculo o sociedad contigo. En los negocios no hay lazos que valgan. Tampoco abandono el barco mientras se hunde. ¿Quién cojones te ha dicho eso? Olvida a Raúl Castro. Si jodes mucho pueden embargar tus negocios, apropiarse de ellos y declararte enemigo público. Haz lo que dice el Presidente, piérdete unos días, chico. Sal hacia el Medio Oriente, inventa una excursión. ¿También a ti te compró ese gusano? ¿De qué hablas, Fernando? La abulia, Meléndez, ¿sabes? Me siento seco, como si alguien si encargara de colocarme un tubo en el ombligo y succionara la vitalidad de mis líquidos: mis elementos constitutivos, mi sangre. Palpo pero no siento, miro pero no veo, oigo pero no escucho. Es lo que hace una conspiración, borrarnos de la vida y desarraigarnos.  Creo que conspiraron contra mí y lo han logrado. A estas horas estoy en las cuatro esquinas: debo de ser la comidilla de todos.

También lo llamaron desde Haití. Viejos socios comerciales que lo introdujeron en el negocio, porque en ese país de harapientos y jodidos-comentaba siempre muerto de risa- existen todas las formas de enriquecimiento. Lo mandaron al diablo. ¡Vete al diablo! Le dijeron.  Si algo bueno había en esa nación—también le dijeron una vez—es su solidaridad a la hora de sus tristezas. El fallecimiento del hijo del presidente corría como rumor. Una voz gigantesca se retorcía en callejones de Puerto Príncipe, Gonaives, Hinche, Petionville; se colaba por entre las paredes agrietadas de las casas descascaradas de los campos, aleteaba entre los palacetes y calles de ricos, se escurría en los mercados y caía con la lluvia sobre parajes y municipios. Llegaba a los barrios ocultos entre barricadas, se confundía con el espejismo del sol ensangrentado sobre las planicies áridas y los montes estériles: circulaba con la brisa caliente arrastrando el polvillo de los aullidos no oficiales. Francoise muerto y de a poco, como forjando un clamor de rebeldes, sucios y limpios, desgreñados y mustios, los hombres y las mujeres salieron a las calles; rebosaron las esquinas, destrozaron comercios, apedrearon ventanales, encendieron neumáticos, levantaban la foto gigante de Francoise y gritaban de dolor.

Violentas manifestaciones de repudio se escenificaron ayer en varias de las ciudades más importantes de Haití, ante el rumor, aún no confirmado, de la muerte de Francoise…hijo del presidente haitiano,  a quien el pueblo, ancianos y jóvenes, mujeres y niños amaban por su desprendimiento y por la identificación que hacia ellos mostró siempre”.

Lo peor es que ninguno de los dos presidentes ha confirmado o negado. Lo hicieron quizá como estrategia: ¿qué podría importarle al padre la materialización de un conflicto internacional, si su hijo estaba muerto. Lo que circuló después, Meléndez, puede engrifarte la piel. Te pondría la piel de gallina. El padre del presidente haitiano reclamó el cadáver, pese al posible estado de avanzada descomposición. Lo trasladaron en la madrugada fría—como establecen las normas no escritas de los rituales—cinco hombres encapuchados, vestidos de negro, con lienzos rojos y cruces amarillas sobre una caja de cristal transparente; con extrañas inscripciones en los laterales: montaron en un helicóptero agenciado con la Minustah, que sobrevoló sin importar la densa oscuridad, conducidos por plegarias y entonaciones sulfurantes, canciones y oraciones a seres indistintos, rectores de los caminos del bien, del mal, de los hechos neutros.

Aterrizaron en Pou au Pu, un lugar escondido, que no aparece en mapas oficiales, incrustado entre montañas rocosas y tierras áridas, donde se realizaban los cultos, las ancestrales transformaciones de animales en hombres, de bestias a protectores de fincas y de donde cabía la posibilidad mágica de traer de la muerte a cualquier difunto a destiempo.

Allí, un grupo de reverendos, oficialmente ordenados, posicionó el cadáver sobre un lecho de rosas y flores de jacintas silvestres.

El padre derramó sus últimas lágrimas, también vestido de rito: con otro joven vivo, de piel oscura,  que sonreía agradecido por la escogencia para intercambiar su hálito in substa, inició la ceremonia.

El grito espantoso rebotó contra las cuatro paredes, cuando el joven fue atravesado por dos dagas de plomo y su sangre saturada— pasada por fuego y plegarias— fue derramada sobre el cuerpo inerte de Francoise. Los familiares bendijeron al presidente por permitir el honor de intercambiar la vida de su hijo menor, enfermo de cáncer, sufriente desde la infancia y aquejado desde el nacimiento. La madre, con los ojos abiertos y los brazos en alto,  reía nerviosa, en trance. Danzaba frente a su hijo ensangrentado, mientras el padre elevaba su voz ronca en una elegía de vieja salvación del alma y del espíritu.

Según mis amigos, durante las horas de esa madrugada inacabable, que debió durar más de tres días, en Haití hubo una calma tan matizada, que parecía una fotografía congelante, a blanco y negro.  El tiempo se detuvo y del fondo de algún lugar un llanto desconsolado se esparcía, se metía en los hogares. Una voz gigantesca se retorcía entre calles y callejones de Puerto Príncipe, Gonaives, Cap Haitien, Hinche, Malpasse,  se colaba por entre las paredes de palma y cal de las casuchas de los campos, aleteaba entre los palacetes y calles de los ricos, se escurría en los mercados y caía con la lluvia sobre parajes y municipios. Hubo quienes vieron la luz, una luz transfigurada, pesada y casi invisible al mismo tiempo: un refajo luminoso que cayó como arcoiris sobre el cadáver de Francoise.

Hubo un cese de la violencia. Las pandillas y bandas de malhechores infiltradas por las fuerzas políticas cavernarias, despojos y residuos de Ton Ton Macoutes, reductos de políticos que habían gobernado y se marcharon y que sin saber cómo, aplazaron todas sus actividades y la prensa no supo definir lo que sucedía. El fenómeno inexplicable solo podía expresarse como la foto a blanco y negro de un país que quedó frisado. Como una pantalla de televisión con una imagen de película congelada. Ni brisa, ni lluvia, ni sol.  Inexplicable, Meléndez.  Pero, para pensar un poquito en la magnitud de lo que digo, hay que creer en estas cosas, o por lo menos mantener una mente abierta. Haití es un pedazo de isla con muchas vibras, mucha energía, mucha espiritualidad de las dos: vulgar y divina. La gente tiene una fe ciega en sus loas,  cree en sus misterios, ese sentimiento está sembrado de mayor a menor; en todas las capas. ¿Entiendes algo de lo que digo? Revivir a Francoise, era, para ellos una opción. Claro que muchos creían que el joven que despertaría ya no sería el mismo hijo del presidente, sino una aberración demoníaca. ¿Cómo convencieron al padre? Cuando hay dolor no hay juicio. ¿Comprendes? Uno busca la última alternativa, la salida impensada, arrojada y si lo que se propone está más allá del alcance de nuestras posibilidades, más creíble y firme se torna nuestra esperanza.

El Presidente dejó de ser el Presidente inmediatamente presintió la muerte de su hijo: buscó en el fondo de sus orígenes una razón válida para explorar lo inexplotable. No comunicó nada al primer ministro, no comunicó nada al parlamento: no es un asunto público ni del Estado, aunque el común, la prensa y los medios lo crean así. Es algo personal sin las ataduras del oficialismo. Ahí surgió el hombre que recibe por cualquier vía, la mala noticia. A nadie se había informado de manera categórica sobre el hecho. Las situaciones de ese tipo deben envolverse bien por sus implicaciones diplomáticas, por lo que puede arrastrarse de un incidente poco meditado. ¿Me entiendes? ¿Y de su amigo? ¿Quién mató a Baptiste? Baptiste cayó en una cafetería, también pude recabar la información. Es un simple desenlace, consecuencia de la muerte de Francoise. Conocía todo acerca de su amigo. Ambos eran íntimos amigos, compartían cosas que nadie conoce. Sabían cosas que nadie más sabía. Los testigos en estos casos son un dolor de testículo. Vivían fuera de su país, en uno de hostilidades no formales hacia ellos, pero sí, al menos de tolerancia, con lo que esto supone en un medio.

Te vas si vuelves

Posted: octubre 20, 2011 in POESIA
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Te vas si vuelves

Antes todo era igual. Tan igual como ahora; incluso las calles estrechas de la ciudad eran rociadas con la luminosidad de neón de las lámparas silentes y los bancos encadenados en los márgenes de la vía de adoquines que servían para sentarnos como dos chiquillos también rociados de alguna sustancia cercana al amor.

Creíamos que el amor era una sustancia intangible que nos transmitíamos de boca a boca, que iba germinándose entre nuestros líquidos vitales cuando nos retorcíamos en la cama fría repleta de agua, en una habitación también rociada de luz de neón y de brisas tenues que se filtraban por entre las persianas; porque la sentíamos. La sentíamos en nuestra epidermis, en nuestra piel y en nuestros puntos prohibidos abiertos al calor de un diluvio universal en el que iniciábamos el mundo y lo matábamos al mismo tiempo para no morirnos en el éxtasis que, sorpresivamente, también era de lluvia y de salpicaduras de neón.

Tu cuerpo era de neón. Me gustaba verlo al contraluz del aposento, entre el filo de la puerta del cuarto de baño y el aposento, porque te sentabas extenuada, con el Marlboro a flor de labios, echando humo como una chimenea, exhalando. Pensando. Miraba tu perfil; tu nariz embarrada de sombra y tu cuerpo de virgen infernal trastornando cada resquicio de mis sentidos latentes. Me insuflabas al extremo de impulsarme, abalanzarme sobre ti y desear inundarme de tus poros, ahogarme en uno de tus besos y resucitar más tarde, luego de vencidos todos los capítulos de la orgía perpetua de lo que era junto a ti y de lo que no era cuando estaba sin ti o cuando no estaba, porque, fluías como el sol y traspasabas mi cálamo, te sumergías en ese mundo torrentoso y magnífico donde surgía la sustancia del amor; húmedo filosófico, germinal y seminal.
Pero todo esto no es más que un recuerdo gris. Gris como el amanecer metálico que dejó la lluvia anoche o tal vez una noche pasada o futura que quizás no llegará o que llegó y nos minimizó en sus aguas, sin reducirnos completamente, porque pudimos derretirnos y solidificarnos una y otra vez en un incierto acontecimiento de deseos pasajeros que permanecieron y se marcharon al mismo tiempo, porque éramos lluvia, éramos agua y finalmente éramos una maquinaria de suspiros azules que nos legaron el sexo, la lascivia y el culto a la carne.

Volvimos a caminar por esa calle adoquinada, irradiada de neón y te vi tan cercana y lejana, sujetando tu ron con Coca-Cola y tu cigarrillo, adelantando los pasos y permitiendo que te persiguiera, que corriera detrás de ti, que me sumieras en tu sombra y que ascendieras hasta descubrirme solo en el aniversario de tu muerte.